Santi Lucas
Según los datos de un curioso “Estudio Internacional sobre Capital Social”, que ha elaborado la Fundación BBVA, los españoles figuramos a la cabeza (tras Dinamarca) en el número de amigos que tenemos (casi nueve por persona). Hasta un 26% de los chilenos o el 17% de los mejicanos confiesan no tener ni un solo amigo. Los adquirimos y disfrutamos, además, en el círculo laboral, estudiantil, geográfico, racial, social, religioso, más próximo a nosotros, con pocas incursiones en otros ámbitos y perfiles. Los amigos nos duran más que a los demás (tenemos, incluso, algunos “de toda la vida”), los vemos, tratamos y cultivamos con relativa frecuencia, si bien la mayoría no acudimos a ellos ante la necesidad de una elevada cantidad de dinero, por ejemplo.
En España mezclamos con gran facilidad en nuestras relaciones sociales a conocidos y a amigos por igual. La vida nos proporciona el acceso a muchas personas (más cuanto más prosperamos) con las que tenemos un trato cordial, convencional, educado, pero superfluo y limitado, porque no son auténticos amigos, amigos del alma. No son hombros sobre los que llorar, ni gentes a las que confiemos nuestros más íntimos secretos, a los que pidamos un consejo desinteresado o con los que compartamos alegrías y tristezas. Son roces distintos. Con los amigos no hay afectación ni necesidad de apariencias. La camaradería que se impone entre los verdaderos amigos es sincera y profunda, generosa y duradera.
Creo que, los que rompemos venturosamente la media nacional del número de amigos de este Estudio, sabemos bien el esfuerzo que conlleva mantener y estrechar la amistad adquirida, pero también la extraordinaria recompensa y satisfacción que nos proporcionan continuamente esas relaciones. Quien tiene un amigo se dice que tiene un tesoro, aunque parece que no le cuestionemos el caudal cuando nos encontramos en un apuro económico. Y es verdad, como nos alerta Cervantes, que “más maldades encubre una mala amistad que la capa de la noche”. Pero, aun sufriendo ese riesgo y el desgarro de una traición, la amistad es un afecto imprescindible y recomendado para el ser humano. No en vano el mismo Cervantes dijo que las amistades que son ciertas nadie las puede turbar y hay un proverbio árabe que dice, conciliando los accidentes, que una piedra lanzada por la mano de un amigo es como una flor.









