En un ratillo se hace el más tonto un croquis de medios, empresas propietarias e intereses a los que sirven.
Hay mucha gente a la que le gusta leer, ver u oír a los que no piensan como ellos. Para seguirles la pista, dicen. Para completar la foto de situación, opinan otros. Por despiste, también los hay. Yo tardo menos y no me hago mala sangre. De lejos veo venir a mis antagonistas, de más allá todavía huelo la tostada, capto el refilón. Son muchos años oteando con interés el panorama, mucha tinta en los dedos para no reconocer el percal o para seducirme entre bambalinas.
La libertad de expresión nos brinda un abanico de opciones bastante holgado, amplio, variopinto, multicolor. En un ratillo se hace el más tonto un croquis de medios, empresas propietarias e intereses a los que sirven. Después, no hay excusa que valga. Cada uno se informa o desinforma donde le place. Se entusiasma con los que piensan como él o se sulfura con la discrepancia. Se disipa en los sudokus, disecciona un editorial, hace cábalas con el titular o usa el periódico para secar los zapatos por dentro. Es, nada más y nada menos, que libre.
En esta divagación estaba cuando leo que Rubalcaba anuncia un plan de ayudas para la prensa escrita. Cuántos temores me asaltan en pocas palabras: Rubalcaba-plan-ayudas-prensa. Una cadeneta que no puede conducir a nada bueno. Más publicidad institucional y compra de periódicos por parte de los centros oficiales asoman como propuestas. Otra asociación indeseable. Si los periódicos dependen de que los compre Rubalcaba o inserte en ellos la letanía del “Gobierno de España” estamos aviados. Sobre todo los que aspiramos a que un medio sobreviva sin plan, sin esas ayudas y sin ese muñidor del plan y las ayudas. Qué le vamos a hacer, susceptible que es uno.
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