“Estamos muy lejos de los tiempos de Atenas y de Roma y a nada que sea europeo debemos compararnos; el origen más impuro es el de nuestro ser. Todo lo que nos ha precedido está envuelto en el negro manto del crimen. Nosotros somos el compuesto de esos tigres cazadores que vinieron a la América a derramarle la sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificarlas, para mezclar después con los frutos de esos esclavos arrancados del África. Con tales mezclas físicas, con tales elementos morales, ¿Cómo se pueden fundar leyes sobre los héroes y principios sobre los hombres?” (p. 53)
Bolívar quiere imponer su Constitución en Bolivia, Perú y Gran Colombia. En ese mismo momento otro venezolano, Páez, convertido en burócrata militar para el departamento venezolano de Gran Colombia, comete excesos al reclutar soldados y deja de presentarse al procesamiento civil que corresponde hacérsele en Bogotá, sede del poder público. Esta insubordinación se realiza con agitación pública y hasta muertos en la ciudad venezolana de Valencia, encendiéndose el movimiento conocido como “La Cosiata”, mediante el cual los separatistas aprovechan el episodio de Páez para proponer la secesión de Gran Colombia. Bolívar retorna a Colombia desde Perú ante esta crisis.
Antonio Torres resume bien esta crisis institucional generada por dos próceres venezolanos: “…Dos eran, pues, los alzados. Páez, contra las autoridades de Bogotá, y Bolívar contra la constitución misma.” (c.f. EL SUEÑO DE UN MANTUANO. SEGUNDA PARTE. Fondo Editorial Tropykos, 1998, p. 21)
En medio de estas dos fuerzas centrífugas, estaba el vicepresidente Santander.
LA POSTURA DE SANTANDER
El pensamiento de Santander se resume en esa frase suya que hoy engalana la sede de los poderes públicos colombianos: “Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad.”
Al ver a Bolívar desautorizando la Constitución vigente de 1821 e imponiendo la suya propia de Bolivia, mediante recurso a asambleas populares en Quito, Santander entra en razonable angustia. Este personaje tenía una clara predilección por el respeto a las leyes que estaban vigentes en Colombia e hicieron posible su tranquilidad institucional para libertar Perú. Siguiendo a Arciniegas:
“La ruptura entre Bolívar y Santander no es un enfrentamiento personal, no es un duelo por apoderarse del gobierno. Se trataba de un apasionado debate entre dos concepciones políticas: la una, fundada en los principios de democracia representativa proclamados en Cúcuta; la otra, en la presidencia vitalicia del cesarismo democrático. Santander sostenía el sistema que le había permitido echar las bases de un estado moderno, Bolívar el que había servido en las campañas de la guerra. Tal fue el forcejeo entre quienes sostenían la Constitución de Cúcuta del 21, y quienes pensaban en otra calcada sobre la escrita para Bolivia.” (p. 195)
Gabriel Fonnegra compila cartas de Santander a Bolívar en esta etapa y en ellas se percibe, además de desesperación y afecto, un firme llamado a respetar las leyes vigentes (c.f. FRANCISCO DE PAULA SANTANDER. ESCRITOS POLÍTICOS. El Áncora Editores, 1983). Las citaré de esa misma colección, como ejemplos elocuentes.
Cuando Santander conoce que en Guayaquil y Quito se apoyala adopción del nuevo código boliviano y que se cree una dictadura, escribe el 8 de octubre de 1826: “Las actas de Guayaquil y de Quito creando una dictadura contra el pacto colombiano existente, insultando tan groseramente al gobierno nacional, son la ignominia de Colombia, y la repetición de los actos del pueblo danés que no quiso que lo gobernara su rey sino despótica y absolutamente. Una dictadura en Colombia constituida, cuando la mayor parte de los departamentos han abrazado la causa de la constitución contra los rebeldes de Venezuela, es el borrón más negro que los autores del proyecto podían echar sobre su patria. ¡Qué! ¿Ya está en disociación el pueblo colombiano? ¿Se acabaron las leyes?…” (p. 56)
En esa misma carta a Bolívar, Santander expone fraternalmente:
“Usted me ha llamado el hombre de las leyes, y juro que no seré nunca desmerecedor de tan bello y hermoso título: Usted me ha llamado siempre su amigo, y mil veces protesto que no seré infiel a esta expresión tan satisfactoria, ocultándole la verdad.” (p. 59)
A Páez, Santander le describe justificadamente de esta forma en carta del 15 de julio de 1826: “el ignominioso ejemplo de un magistrado débil, que contribuyó a hollar el pacto social, y no tuvo la firmeza correspondiente para sacrificarse por los buenos principios y el orden constitucional.” La tirantez entre Santander y Páez databa desde sus campañas en los llanos venezolanos, por lo cual hay alguna hipocresía en esta afirmación siguiente de la misma carta, sin desmerecer su esencia: “Páez mismo se me presenta como un hombre a quien usted sabe que le he profesado verdadera amistad, y que tengo motivo para agradécele las distinciones que me hizo, en tiempos que muy pocos las obtuvieron. Delante de mis ojos no hay otra cosa que la Constitución y el orden público, como objetos inviolables y sagrados por cuyo sostenimiento debo hacer esfuerzos, sean quienes fueren los que las despedacen y destruyan. Esa misma Constitución será mi guía segura, y la opinión nacional será mi fuerza.” (p. 53)
Cuando adulantes y partidarios secundan a Bolívar en su plan, Santander dice, en esa carta seminal de 8 de octubre de 1826:
“Mi general, ¿me cree usted su verdadero amigo? ¿Me cree interesado en el bien de mi patria y la gloria de usted? Pues con toda la efusión de un corazón leal y sincero le ruego a usted que no apruebe las actas de Guayaquil y de Quito, ni se preste a llamar la gran convención. Hágalo usted por la patria que tanto le cuesta, por la suerte futura de tantos colombianos que nos sucederán, por el bien de la causa americana, por su reputación y por su propia gloria.” (p. 59)
Este fue el preámbulo a un desastre ocurrido entre 1827 y 1839, el cual se resume así: Bolívar va a Venezuela y perdona a Páez, dándole incluso más poder; se cesa a Santander en el cargo de vicepresidente; en marzo de 1827 Bolívar rompe con Santander desde Caracas. Santander le responde así el 29 de abril de 1827:
“No puedo menos que agradecer a usted mucho su carta del 19 de marzo, en que se sirve expresarme que le ahorre la molestia de recibir mis cartas, y que ya no me llamará su amigo. Vale más un desengaño, por cruel que sea, que una perniciosa incertidumbre, y es cabalmente por esto, que estimo su declaración.” (p. 91)
Y agrega:
“Gané la amistad de usted sin bajezas, y sólo por una conducta franca, íntegra y desinteresada; la he perdido por chismes y calumnias fulminadas entre el ruido de los partidos y las rivalidades; quizás las recobraré por un desengaño a que la justicia de usted no podrá resistirse. Entre tanto, sufriré este último golpe con la serenidad que inspira la inocencia.” (p. 92)
La Convención de Ocaña de 1828 pretendió establecer la Constitución Boliviana, mas falló y los bolivarianos la abandonaron. Bolívar asumió entonces la dictadura. El 25 de septiembre de 1828 intentan asesinarle. En 1830 Bolívar abandona la presidencia y se suceden la separación de Venezuela liderada por Páez, el asesinato de Sucre, el golpe de estado que da Urdaneta al nuevo gobierno colombiano y proyectos de adeptos a Bolívar para invadir a la rebelde Venezuela. Esta última destierra y proscribe a Bolívar ese año, con visto bueno de Páez, llegando al colmo de exigir que sólo habría entendimiento con Colombia si esta también sacaba a Bolívar del territorio. Ya Santander había sido exiliado por Bolívar en 1828, condonándole la pena de muerte por su complicidad en el atentado de septiembre.
El 17 de diciembre de 1830, a exactos 11 años de fundar la mayor república andina, fallece el genial Bolívar. No obstante puede que valga lo que decía López de Mesa y cita Arciniegas: “Bolívar murió en Lima.” (p. 49) En su grandeza, el titán Libertador, injustamente maltratado por naciones a las que dio tan grandes servicios, pudo ver su error en las horas finales de vida, escribiendo a Urdaneta: “el no habernos arreglado con Santander nos ha perjudicado a todos” (p. 76)
La gestión pública de Santander tuvo puntos oscuros, obviados por Arciniegas. Su manejo financiero distó de ser transparente al adquirir un empréstito con Londres, del cual habría sacado comisión; bajo su comando financiero la República entró en impago de su deuda externa (default de 1826); Santander habría apoyado que se retirase a Bolívar el comando de tropas en Perú por decisión del Congreso, lo cual impidió a El Libertador comandar en Ayacucho, con gran riesgo para la causa patriota en la batalla decisiva. Además desde Bogotá Santander apoyaría el alzamiento de militares colombianos en Perú contra sus jefes, liderado por Bustamante, con el cual se repatrió el ejército a Colombia, claramente conspirando contra los planes dictatoriales andinos de Bolívar y lo cual catalizó la ruptura en 1827. El atentado a Bolívar en 1828 habría sido conocido anticipadamente por Santander… En fin, recordemos que estos hombres, Páez, Santander, Bolívar y Sucre a su pesar hubieron de ocupar un oficio mucho más arriesgado que el de guerreros: participar en la arena política.
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