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Corea del Norte, aun enormemente lejos de los EEUU

Con Trump recorriendo una patológica culminación de su poco feliz mandato presidencial, el líder norcoreano acaba de ratificar abiertamente sus objetivos militares. Como si nada hubiera pasado.


Cuando Donald Trump comenzó sorpresivamente a reunirse bilateralmente con el extraño líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, la sensación del mundo fue una de genuino asombro, desde que nadie realmente esperaba que esas conversaciones pudieran siquiera haber podido ser organizadas y, menos aún, que ellas iniciaran un camino eficaz que pudiera conducir a la “desnuclearización” de la península coreana.

Pero esas conversaciones existieron y fracasaron rotundamente. Quedaron en la nada. En “punto muerto” total. Paralizadas. Inútiles.

Es más, ellas sólo provocaron una notoria pérdida de tiempo y la intransigente -e insolente- reiteración de las bravatas que han acompañado a los conocidos y belicosos objetivos de Corea del Norte en procura de convertirse, “defensivamente”, en una potencia militar nuclear.

Con Trump recorriendo una patológica culminación de su poco feliz mandato presidencial, el líder norcoreano acaba de ratificar abiertamente sus objetivos militares. Como si nada hubiera pasado.

Lo hizo con motivo de la reunión del octavo Congreso del Partido Comunista norcoreano, en la que habló sin descanso, durante nueve horas, a lo largo de intensos tres días de trabajo conjunto.

Donde, además, se hizo elegir como Secretario General del mismo, cuando hasta ahora había sido su Presidente. Por unanimidad. Sin que nadie sacara los pies del plato. Ni un centímetro. Para así concentrar aún más poder en sus propias manos.

Aprovechó, asimismo, la oportunidad para dejar repentinamente en el camino a su hermana: Kim Yo-jong, hasta ahora su consejera muy cercana. Las razones aún se desconocen.

Siempre recurriendo, entonces, a un mecanismo conocido, como es el de las llamadas “purgas permanentes”, instrumento habitual del ejercicio del poder en los regímenes comunistas, según queda –una vez más- visto.

Anunció, además, que su país continuará con sus peligrosos programas militares de producción de misiles de largo alcance y de armas nucleares. Más de lo mismo, con un descaro total.

Definiendo de paso con reiteración, a los Estados Unidos como “el enemigo más grande de Corea del Norte”, país ermitaño que ya cuenta con misiles amenazadores de unos 15.000 kilómetros de alcance, capaces de volar hasta Washington. A los que ahora sumará, según acaba de anunciar también el líder norcoreano, un moderno submarino nuclear y armas “hipersónicas”.

Fiel a su estilo, mal educado y prepotente, el chiquilín norcoreano llamó a Joe Biden, “perro rabioso”. Sin otro motivo que ofenderlo, de arranque nomás.

Biden, por su parte, había calificado duramente al líder norcoreano, durante la reciente campaña electoral de “malhechor”. Un cruce duro de calificativos, sin amabilidades de ningún tipo, entonces. Como señales, ambas han sido evidentemente malas.

Toda una inesperada curiosidad social resultó esta vez la aparición de un “pituco” Kim Jong-un, peinado prolijamente a la gomina y vestido, por primera vez en los años recientes, con un uniforme militar impecablemente blanco y charreteras doradas que denuncian su presunto grado de mariscal. Sentado con un rifle aparatosamente puesto sobre la mesa, de frente a las cámaras de la televisión, a la manera propia e inconfundible de la mafia.
 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
 

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