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Crisis de gobierno

El verano es una época muy adecuada para la mudanza.

Uno de los primeros y más claros síntomas de una crisis de gobierno es negar que se vaya a producir. No falla. Lo de las crisis de gobierno, nunca admitidas por principio previamente, es uno de esos asuntos en los que la política juega al escondite con la opinión pública. Un escamoteo con las patas muy cortas. El Ejecutivo desmiente una y otra vez que se vayan a producir cambios en su composición a la misma velocidad a la que los ciudadanos los demandan, los medios de comunicación los predicen y hacen quinielas y a los posibles afectados los dedos se les hacen huéspedes. Cuando el humo de los rumores se hace cada vez más denso, la crisis está muy cerca de producirse entre las piezas más calcinadas e impopulares.
 
Una crisis de gobierno no es más que un refresco, un reemplazo parcial de la plantilla para dar la impresión de empezar de nuevo. Remozar la fachada sin tocar las vigas maestras del edificio. Contener la sangría con caras nuevas y políticas viejas. Admitir levemente que hay que rectificar y que algunos peones han agotado su crédito.
 
Con la misma rotundidad con la que se declara innecesario el relevo en algunos ministerios y se proclama la solidez del equipo se justifica más tarde el nuevo y necesario impulso que se quiere dar al gobierno. El verano es una época muy adecuada para la mudanza.
 
Pocas veces, una crisis de gobierno ha modificado sustancialmente el rumbo trazado. Quien hace la crisis tiene forzosamente que conseguir, para no admitir una censura completa de su gestión, que algo cambie para que todo siga igual.

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