Santi Lucas
Según diversas informaciones publicadas, el presidente argentino Néstor Kirchner promoverá a su esposa, la senadora Cristina Fernández, a las elecciones presidenciales del próximo año. Como quiera que la historia política de Argentina está jalonada de episodios insólitos y extravagantes esta operación familiar de relevo en la cúpula gubernamental hay que tomarla completamente en serio. Y esto es lo preocupante. Se llegó a decir en una ocasión que si Argentina fuera una naranja, Perón sería el zumo. Pues bien, en una piel exprimida cien veces por las crisis económicas más lacerantes y el oficialismo dirigente más nefasto, Argentina se puede preparar para otro caldo indigesto de la misma marca.
Como se sabe, el justicialismo se sucede a sí mismo en Argentina sin ningún pudor en medio del fragor de las puñaladas entre sus líderes, la infinita e incomprensible paciencia de sus sufridos ciudadanos y la invención periódica de recetas mágicas y alianzas aciagas, que han terminado por definirla gráfica y paradójicamente, como hace el periodista Andrés Oppenheimer, al sentenciar que “Argentina está bien, pero va mal”. La arraigada fragilidad institucional ha pasado por tumbos mucho peores a los actuales, pero eso no puede limitar una razonable aspiración y todas las posibilidades de gozar de una democracia plena sin el sello forzoso de la “k” de Kirchner, sin una alternativa real a la demagogia que las encuestas de opinión no detectan en este momento.
Heredar la presidencia del gobierno de una nación como una dote matrimonial puede alargar la saga Clinton en Estados Unidos, por ejemplo, y a lo mejor también, salvando las abismales distancias, en Argentina. En este último caso, conocido el mimo y la complicidad con los que Kirchner trata a la insensata dirigente extremista de las Madres de la Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, la elección de Néstor podría ser mucho más catastrófica todavía. En las célebres y sabias Leyes de Murphy se puede leer que nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar.









