Santi Lucas
Va a tener algo de razón ese peruano anónimo que contesta con una simplicidad impávida al enviado especial de El Mundo, Ramy Wurgaft: “Convénzase amigo, Perú no tiene arreglo. ¿Para qué ir a votar?”. Hay que compartir con él que algún desencanto está más que justificado en el horizonte político del Perú desde el momento en que las urnas proponen elegir entre el malo (Alan García) y el peor (Ollanta Humala), entre la experiencia desgraciada y podrida del primero y las garras opresoras de Hugo Chávez o Evo Morales clavadas sobre el segundo. No poca decepción debe causar que la hija y media corte del corrupto y confeso ex presidente Alberto Fujimori hayan logrado una alta representación parlamentaria en estas mismas elecciones. Cierto chasco se percibe sin duda sobre los destinos del país cuando el último inquilino presidencial Alejandro Toledo anuncia ya su candidatura para el 2011.
No coincido, sin embargo, con la conclusión desesperada del enunciado. Sólo yendo a votar libremente será posible encontrar un día la senda de la estabilidad democrática y de la alternativa decente que los peruanos como todos los pueblos se merecen. En una tierra en la que el poder se liga siempre a la convulsión social, donde arrecian las excentricidades caudillistas y los regímenes con una escasa solvencia y respeto por los derechos humanos, el arreglo debe venir sólo de la democracia, de los fuertes liderazgos asociados a la defensa de las libertades, de las iniciativas comprometidas y sensibles al desarrollo y el bienestar. Es muy triste que este aprendizaje sea tan costoso y deba hacerse sobre ciudadanos castigados históricamente por la nocividad de sus gobernantes.
Perú, como hace poco Colombia, se desentiende por el momento de una corriente nefasta e impetuosa del populismo iberoamericano. Pero esa solución de emergencia nacional que las urnas han adoptado el domingo pasado ante la inminencia de una catástrofe, seguramente irreparable, no puede ser en modo alguno el salvoconducto para cometer nuevos abusos por parte de viejos y conocidos abusadores peruanos. Sobre los hombros del electo Alan García recae la responsabilidad de cimentar y hacer madurar un sistema político que impida en el futuro opciones tan poco seductoras como la que él mismo y Ollanta Humala han protagonizado en esta ocasión. Una paradoja más del mundo político iberoamericano, que trae al primer plano de la actualidad las enormes complejidades y laberintos por los que discurre la organización social de ese continente.









