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El Cobra cobra

Su currículo lo anunciaba clamorosamente. A la vejez disculpas.

Un sujeto que grazna en lugar de cantar, zafio de la cabeza a los pies, pasando por los manoseados cataplines, que ofende al público como única forma de expresión, nunca debió tener un minuto de fama en una televisión pública. Hay una línea de respeto y calidad, una línea gruesa de buen gusto, que nunca se debió traspasar en este medio.
 
El Cobra es en realidad un pobre y soez reptil cantamañanas que perpetra algo parecido al rap, para vergüenza del género musical y de la condición humana. Clavadito al doctor Maligno de Austin Powers, pero sin ninguna gracia. El presidente de RTVE, Alberto Oliart, ha dicho en el Parlamento sobre este andoba que espera “no verlo ni conocerlo”. Ya, pero, de momento, él nos lo enchufó a todos los demás en la pantalla dejándolo participar con esa catadura en la gala de Eurovisión.
 
Este fallo garrafal ha conseguido dos cosas: que nos abochornemos colectivamente y que el Cobra pase el cepillo a partir de ahora por frotarse la entrepierna en una cadena privada. “Es lo que buscaba”, dicen los expertos en fenómenos anormales. ¡Pues que hubiera puesto un anuncio en el Segunda Mano o que se hubiera encadenado por los huevos a la puerta de Telecinco! No tiene un pase que el chollo se lo facilite la televisión pública.
 
El caso es que se veía venir. Descartada del concurso, tarde y mal, la eximia pajarraca Karmele Marchante, el candidato a sonrojar a la audiencia en esta edición del Festival sólo podía ser la cabra del Cobra. Su currículo lo anunciaba clamorosamente. A la vejez disculpas.

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