Le han (hemos) hecho un desgraciado, marcado, señalado, atropellado en su buen nombre para siempre.
Digámoslo claramente. A Diego lo han (hemos) linchado como es costumbre desde hace tiempo en la prensa de nuestro país. Con un par de fotos, tres imágenes esposado y unas primeras y concluyentes informaciones que lo convertían, sin paliativos, en un repugnante asesino, torturador y violador de niños. No han (hemos) contado hasta diez antes de volcar sobre él un juicio sumario y un odio infinito. Les (nos) bastaron, como tantas veces, unas secuelas mal interpretadas, una imputación apresurada, una historia espeluznante a la que la realidad no podía arruinar el titular. Le han (hemos) hecho un desgraciado, marcado, señalado, atropellado en su buen nombre para siempre.
Muy pocos han (hemos) entonado algún mea culpa. Sin embargo, este caso debe obligar a todos a una reflexión profunda sobe los juicios anticipados, sobre los juicios de papel o audiovisuales que están a la orden del día. Tres días en la cárcel porque Diego estaba acusado de los más nauseabundos delitos contra una niña de tres años, y al cuarto día resucita la justicia y lo deja libre de toda sospecha porque sobre la muerte de la menor no tenía ninguna, ni la más mínima, responsabilidad.
¿Que se ha (hemos) hecho mal? Muy sencillo, están (estamos) acostumbrados a juzgar con el primer dato, y si es escabroso nos despeja cualquier duda. El detenido tiene cara, de lejos, de ser un forajido profesional, un violador infantil y un maltratador pedófilo, con lo que descansamos en la butaca de casa con la noticia de su detención, con las pruebas que lo inculpan, con la conciencia de desearle lo peor, con el trato justiciero que merece su nauseabunda acción, con la pena más severa para el más horrendo de los delitos. Después, resulta que Diego es inocente. Muy pocos reconocen (reconocemos) la injusticia, pero nadie podrá (podremos) repararla jamás.
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