Santi Lucas
Con demasiada frecuencia, ligereza y también precipitación, se concluye que la izquierda (resumiendo en esta palabra, para entendernos, una idea innovadora de ordenar el mundo) copa las franjas más fecundas, célebres y exitosas del mundo de la cultura y de la intelectualidad universal.
La izquierda es avance, progreso social, frente a la insensibilidad material conservadora. Sólo es un mito. Como todos los mitos, se trata de una impresión desfigurada, que se nutre de un sobreentendido, también de algunas referencias de calidad, reales, honestas, contrastadas, y de una caterva de maulas envueltos en el progresismo más árido y descuidado. En realidad, existe en el mundo un conjunto de cultivadores del pensamiento, de corte liberal, que compiten y superan en lucidez, expresividad, compromiso social y ético con cualesquiera otros recovecos inteligentes, incluidos, por supuesto, los más reputados de las doctrinas socialistas y aledaños. El ejemplo de Mario Vargas Llosa y su infatigable lucha por la libertad son extraordinarios para detenerse y razonar este contraste.
La izquierda ideológica practica históricamente un mayor exhibicionismo intelectual; proyecta la imagen de una hegemonía implícita de sus ideas y reflexiones, que se acomodan ladinamente por otra parte a los clamorosos fracasos de la praxis, y es tenaz en la descalificación de las críticas y entredichos. Han tenido tradicionalmente menos remilgos en poner rostros y plumas al servicio de sus causas sociales y políticas y muchos paños calientes cuando de rectificar los horrores se trata.
La supuesta superioridad de los análisis, conclusiones y recetas de la izquierda planetaria topa afortunadamente en muchas partes con el contrapunto de sus propios matices, de un lado, y de una vigorosa concepción del ser humano individual, por otro, a la que se pueden dar pocas lecciones de apego y sacrificio por la libertad, la democracia, la igualdad o los derechos universales.
Podemos presumir sin ninguna duda ni prosopopeya de una extensa nómina de pensadores, estudiosos, eruditos, investigadores, escritores, avezados observadores, que consagran sus obras con sensatez y coherencia a defender el bien supremo de la libertad. Eso es lo que les da, verdaderamente, una ventaja decisiva y saludable a la hora de concebir la mejor sociedad posible.
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