Silueta
Frases como “la política progresista se va adueñando de América Latina”, o “algo grande y profundo está ocurriendo en Latinoamérica, donde el giro a la izquierda es inevitable pero esperanzador, porque ya no se está construyendo sobre el fanatismo”, o “regresa la ilusión a los pueblos latinoamericanos”, se pueden leer y escuchar a diario, sin ningún rubor ni dificultad, en los medios de comunicación más próximos al gobierno socialista.
El espejismo que define y transmite a la opinión pública española, en términos de “progreso” o de “tolerancia” crecientes, una especie de determinismo bienhechor de la ascensión de los regímenes populistas en Iberoamérica nos conduce, de un solo vistazo, a calificarlo como de una versión tullida y malsana de la realidad. Decretar el “progreso” de un pueblo sobre la única base ideológica o simpática que nos merezcan sus gobiernos (de origen democrático o aferrados dictatorialmente al poder) es, cuando menos, un corolario gratuito y desenfocado.
Cuba, Venezuela y Bolivia, por ejemplo, forman, por decisión propia y sin ningún tapujo interpretativo, un eje iberoamericano de corte “progresista”, que se caracteriza objetivamente por el delirio de sus mandatarios, la perversión gradual del ejercicio del poder y el concierto de los planes más sombríos e inquietantes para toda la zona. No son los únicos candidatos a la prevención y a la movilización democráticas. Hay otros países que les han guiñado también el ojo y que corren riesgos muy parecidos de convulsión política, de retroceso de las libertades y de aventuras populistas nefastas, como la Historia se cansa sin éxito en demostrar. Ni siquiera la lentitud o la timidez de los avances democráticos o del desarrollo económico pueden justificar el aliento intelectual a unos remedios todavía peores y con mayores dosis de incertidumbres y sacrificios.
Escarbando un poco en esas reiteradas, provocadoras, complacientes, expresiones de la prensa española sobre el auge de la “esperanza” iberoamericana, sólo hallamos en su sustrato una condescendencia y seguidismo respecto al populismo basados en la ojeriza común hacia los Estados Unidos. Afortunadamente, en España la opinión es libre, incluso para no advertir de los nubarrones que sobre la propia libertad se ciernen en algunos puntos de Iberoamérica. Se hace un flaco servicio a la libertad, no obstante, llamando a las cosas de la forma más diametralmente opuesta a su palmaria evidencia en esa parte del mundo.









