En España, la crisis económica genera un plus de malestar entre los ciudadanos que no se produce en otros países de nuestro entorno.
Se ha convocado la primera gran protesta laboral en España. Dos millones y medio de funcionarios están llamados a parar por los principales sindicatos de la función pública. Es el más que seguro preludio de una huelga general que pocos se atreven a no considerar ya como inevitable a la vista de que el diálogo social no avanza hacia el acuerdo. El tijeretazo tiene que ser más severo, el ajuste más duro y las consecuencias se van a dejar sentir en buena parte de la población: activa, parada, jubilada o mediopensionista.
En España, la crisis económica genera un plus de malestar entre los ciudadanos que no se produce en otros países de nuestro entorno. Aquí, la crisis se negó desde el principio y se admitió muy tarde, se enfrentó muy mal y hasta hace cuatro días el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, nos estaba diciendo que lo peor ya había pasado. Es lógico, por tanto, que a la maldita gracia que hace que te bajen el sueldo en cualquier caso, debamos añadir que nos han estado engañando de una forma continuada y clamorosa.
Desde el Gobierno y el PSOE se hace un esfuerzo agónico por asemejar nuestra situación y sus soluciones a las de otros países europeos como Alemania, Reino Unido, Italia o Portugal. Con la misma insistencia con la que se repite el mensaje oficial y se le pide a la oposición que lo apoye se desmorona el intento con la sencilla comparación de los datos de paro, deuda pública o confianza financiera. Es el enésimo intento del Gobierno para esconder un plumero demasiado vistoso.
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