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El pollo de José Blanco

Yo, sin duda alguna y sin conocimientos culinarios, lo mejoraría alejando a mil kilómetros a José Blanco del propio pollo

Desde luego, hay medios de comunicación que no saben ya cómo agradar con más almíbar y entusiasmo a algunos miembros del Gobierno de Zapatero. Cautivados por ciertos personajes, les prestan una atención que hace palidecer la coba menos disimulada y al denostado bajo palio. El ministro de Fomento, José Blanco, por ejemplo, ha explicado en la Cadena SER cómo iba a deleitar a sus invitados con un “pollo campero”. Se deleitaba la entrevistadora en conocer los detalles de la receta y en apostillar el porvenir político, más glorioso todavía que el del pollo, que le deseaba al entrevistado a corto plazo. El pasaje radiofónico es para llorar de la emoción,  es para olvidar la crisis económica, ensalzar los productos básicos de nuestra tierra y para resaltar la sensibilidad de todo un Ministro tratando a su pollo como no ha tratado nunca a los administrados.
Siempre he pensado que Blanco es un pollo sin cabeza. No un preciado capón de Villalba, porque en el corral de su tierra le brean en las elecciones los adversarios. Un pollo dorado por el Grupo Prisa, la grandeza del sistema y por la amistad del presidente del Gobierno. Ahí es nada.
Está bien ser blandengue al informar de los afines -todos los hemos hecho- pero alcanzar el grado de una pregunta de este pelo: ¿cómo mejorarías el pollo de José Blanco? me parece ofensivo. Yo, sin duda alguna y sin conocimientos culinarios, lo mejoraría alejando a mil kilómetros a José Blanco del propio pollo. Así, sin más. ¿O de qué estamos hablando?

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