No sirve de nada disimular o engañarse por más tiempo
Desde no pocos observatorios ambientales, medidores de opinión pública y analistas de pelaje multicolor se reclama ya abiertamente la convocatoria anticipada de elecciones generales en España. El sentimiento popular más extendido comparte la misma urgencia. La pésima situación económica, que parece imposible enderezar en su empecinado camino hacia el abismo, y singularmente los calamitosos y desenfrenados datos del paro, serían un motivo bastante para justificar la solicitud de un adelanto electoral.
Hay una profunda desorientación en el Gobierno de Zapatero que, de perdurar, sólo puede traer consigo una larga agonía de consecuencias muy dolorosas y difícil arreglo. Se mire por donde se mire, las elecciones anticipadas son un recurso procedente para afrontar momentos críticos. Precisamente, algún medio de comunicación ha diagnosticado en grandes titulares que en estos momentos vivimos en “La España insostenible”. No sirve de nada disimular o engañarse por más tiempo. No cuela.
Intereses partidistas al margen, para no nublar el objetivo esencial de la iniciativa, la llamada a las urnas aportaría al conjunto de los ciudadanos el refresco político y social necesario para tomar el verdadero impulso en la recuperación económica. Enrocarse o dar bandazos todos los días esperando que se obre un milagro es suicida.
La moción de censura es otro mecanismo democrático para provocar un cambio, pero las estrategias políticas y el juego de mayorías la condenan casi de antemano al fracaso, con lo que se convierte al final en una pérdida de tiempo y una falsa reválida para el gobierno, que no nos podemos permitir.
¿Elecciones anticipadas? Sí, gracias.
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