La armonía en la familia socialista se está quebrando en múltiples frentes.
Un día, Celestino Corbacho, ministro de Trabajo, se enfrenta a Elena Salgado, vice de Economía, por un ¡quítame de ahí esos datos de la economía sumergida que eres un osado!; otro, el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, le lee la cartilla al ministro de Industria, Miguel Sebastián, a cuenta de las competencias de uno y otro sobre un cementerio nuclear. El alcalde socialista de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, le sacude con acritud la badana a su colega del Ayuntamiento de Barcelona, Jordi Hereu, por la candidatura de los Juegos Olímpicos de Invierno y lo nombra “persona non grata”. El presidente de la Generalitat, José Montilla, ha salido a la palestra para decirle al agrio Alfonso Guerra que él no está en la estratosfera. El presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, admitía recientemente las importantes diferencias internas a propósito del aborto. El histórico Joaquín Leguina dice en su blog que Zapatero debe ser el próximo candidato del PSOE a ver si hay suerte y pierde y se recupera un partido solvente “y no el ensueño de ningún líder salvador”.
La armonía en la familia socialista se está quebrando en múltiples frentes. Si desgranamos las chispas territoriales la lista sería interminable. Algo paso para que aflore tanto encontronazo seguido, para que las susceptibilidades se multipliquen, para que nadie oculte sus discrepancias y para que se haya estrechado tanto el margen de disimular la unidad ante la opinión pública. ¿Nervios? Seguramente.
Las encuestas, todas las encuestas sin excepción, hablan de un partido socialista en horas bajas, de unas expectativas electorales indigentes. La fuga de ministros de Zapatero (Solbes, Sevilla, Molina, Bernat…) y la creciente incomodidad de algunos titulares del Gobierno abundan en un clima político poco alentador para el futuro del PSOE.
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