Política

Enviar a nuestra juventud las señales erróneas

La extensión de la degradación de los valores sionistas quedaba plasmada en las controversias que resonaban recientemente en los campus norteamericanos…

Isi Leibler
Las alarmas deberían estar sonando en respuesta a las conclusiones de la encuesta reciente de las posturas judías norteamericanas hacia Israel recogidas por los profesores Stephen M. Cohen y Ari Kelman a instancias de la Fundación Andrea y Charles Bronfman. Basadas en una muestra de 1.700 judíos norteamericanos de todas las edades, el informe excluye a los ortodoxos (que hoy se inclinan más positivamente hacia Israel que nunca) pero sí incluye a las parejas interraciales, que tradicionalmente muestran poco interés en el estado judío.

Las conclusiones son bastante desconcertantes. Apenas el 54% de la categoría de menores de 35 años está “cómodo” con el concepto de un estado judío, en contraste con el 81% de aquellos de más de 65 años. Más preocupantemente, más de la mitad de aquellos por debajo de los 35 no se vería inclinado siquiera a calificar la destrucción de Israel como “una tragedia personal”. Las conclusiones demuestran que los judíos norteamericanos no ortodoxos menores de los 35 años de edad están pasando de la indiferencia a la directa alienación en lo que respecta a su actitud hacia el estado judío. El informe cuestiona la viabilidad de mantener cualquier relación significativa a largo plazo Israel-diáspora.

En perspectiva era predecible cierta erosión. El recuerdo del Holocausto ha retrocedido de la consciencia colectiva y los judíos jóvenes hoy simplemente carecen de cualquier entendimiento de las implicaciones de la indefensión que imperaba entre los judíos antes de que se creara el estado.

La presente generación tampoco comparte los vínculos emocionales con Israel de sus padres, que fueron testigos de la lucha y las batallas sionistas por la supervivencia alcanzando el clímax en la euforia de la Guerra de los Seis Días y el trauma de la Guerra de Yom Kippur. Además, la combinación de demonización mediática y antisemitismo burgués ha influenciado a muchos jóvenes a la hora de pasar de su apoyo a los israelíes como oprimidos nobles para identificarse con lo que se denomina comúnmente como “antisionista chic”.

Mientras que éramos conscientes de que esto era la atmósfera imperante en Europa, habría sido de esperar que América, hogar de la comunidad de la diáspora más grande, más rica y más influyente de la historia judía fuera diferente. Además, en contraste con la intensificación del odio a Israel en Europa, a lo largo de la pasada década, el apoyo del público norteamericano a Israel ha alcanzado el nivel nunca visto. El informe también sugiere que en ausencia de las visitas [del programa] Birthright Israel, la situación sería ahora mismo considerablemente peor.

Y aún así, más allá de la práctica religiosa, la conexión con Israel sigue siendo hasta la fecha el elemento más importante de la identidad judía. Por tanto, a menos que las posturas negativas hacia Israel sean invertidas, es inevitable un mayor impacto agravante sobre la asimilación.

¿Como debemos esforzarnos para invertir estas tendencias negativas? En primer lugar, el gobierno de Israel tiene que implicarse directamente. Desde los albores de los Acuerdos de Oslo, los gobiernos israelíes sucesivos se han distanciado de la diáspora con el motivo falso de que siendo una realidad “un proceso de paz irreversible”, la movilización a título de Israel por parte de los judíos de la diáspora era superflua e incluso contraproducente.

A pesar de los esfuerzos posteriores por invertir la situación realizados por el rabino Melchior y Natan Sharansky respectivamente en calidad de ministros de Asuntos de la Diáspora, en general, los líderes gubernamentales se han interesado poco en las comunidades judías a ultramar más allá de elogiar a los potenciales donantes.

En la práctica hoy, a duras penas algún judío o israelí de la diáspora será conocedor siquiera de que Yitzhak Herzog conserva la cartera de Asuntos de la Diáspora, porque todos sus recursos y energías están dedicadas a su Ministerio de Bienestar Social.

De igual manera, la Organización Sionista Mundial que debería haber ocupado el vacío, hasta hace poco estaba más ocupada promoviendo la excesiva remuneración de sus altos ejecutivos israelíes en lugar de apoyar a organizaciones sionistas de la diáspora. Como consecuencia, las federaciones sionistas de la mayor parte de las comunidades judías simplemente desaparecieron de la vida judía.

Los líderes judíos de la diáspora también son propiamente culpables. En los últimos años, muchos han pasado a ser cada vez más pasivos en respuesta a las actividades de los difamadores judíos de Israel en su entorno. Algunos, en nombre de la libertad de expresión y el pluralismo, hasta proporcionan plataformas comunitarias a judíos que deslegitiman al estado judío.

Por ejemplo, en el Reino Unido, los organizadores del exitoso programa educativo Limmud invitaron anteriormente a Jacqueline Rose, la autora judía de tendencias profundamente antiisraelíes, a presentar su punto de vista. Este año, su principal orador es el ex portavoz de la Knesset y anterior director de la Agencia Judía Avrum Burg, que sorprendía incluso a los miembros de la izquierda más extrema afirmando que el estado judío se comporta como la Alemania Nazi e instando a los israelíes a hacerse con pasaportes extranjeros.

Otro ejemplo es el director de la principal institución de la comunidad judía anglosajona, un judío que sin vergüenza alguna promueve un estado binacional, no judío.

En los Estados Unidos, el rabino Michael Lerner, director de la revista radical Tikkun, que publica propaganda vehementemente antiisraelí, sigue recibiendo invitaciones para dirigirse a audiencias judías en templos y centros comunitarios.

El New Israel Fund, que recauda alrededor de 25 millones de dólares de los judíos americanos, tiene la cara dura de describirse como “organización sionista” que “ama a Israel”. Pero la JTA informa que recientemente recibía a un árabe israelí que afirmaba públicamente que el 60 aniversario de Israel representaba una “Nakba” (desastre) y expresaba lamentar que los árabes israelíes “no hayan combatido seriamente la ocupación”.

La misma organización también promocionaba a Michael Karayanni, un profesor de Derecho árabe israelí de la Universidad Hebrea que instaba a las audiencias judías norteamericanas a apoyar el reemplazo de la bandera y el himno israelíes impuestos a los árabes israelíes en 1948. Pero el New Israel Fund sigue recibiendo financiación de las federaciones judías.

Y después está el Israel Policy Forum, calificado de parte del estamento judío norteamericano y apoyado por algunos ministros israelíes (el premier en funciones Haim Ramon se dirigirá al grupo el mes que viene). Pero presiona sin tapujos a la Casa Blanca para que presione a nuestro gobierno a proporcionar más concesiones unilaterales a los palestinos y ataca continuamente al AIPAC por promover políticas pro-Israel.

La extensión de la degradación de los valores sionistas quedaba plasmada en las controversias que resonaban recientemente en los campus norteamericanos sobre si era apropiado o no que Hillel y las restantes entidades judías brinden plataforma a objetores israelíes de conciencia para dirigirse a estudiantes americanos con el fin de justificar su desafío a las órdenes del ejército de prestar servicio en los territorios.

Los judíos contrarios a Sión en no son en absoluto un fenómeno nuevo en la historia de los judíos. Siguen la tradición de los apóstatas judíos que se revolvían contra su propio pueblo en la Edad Media, de los judíos que se odiaban a sí mismos como Karl Marx, y más recientemente de los comunistas judíos que aplaudían los crímenes de Stalin contra el pueblo judío y defendían el antisemitismo soviético. La diferencia es que en el pasado, las personas qasí eran marginadas de la vida judía y ninguna organización judía reputada les habría proporcionado de manera concebible espacio para demonizar a su propio pueblo.

Debemos poner fin a esta locura lanzando campañas educativas globales para dotar a nuestros jóvenes de una apreciación de cómo era la vida de los judíos antes del renacimiento del estado judío y proporcionarles el conocimiento de la narrativa genuina de Israel y la moralidad de nuestra causa.

Que nadie se lleve a error. Si el proceso de alienación del estado judío no se invierte, la diáspora está condenada.

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