Las promesas propias y las andanadas al adversario se descuentan en este tiempo sin grandes sobresaltos
Los compromisos programáticos, los anuncios políticos, las ofertas electorales y toda la suerte de expresiones biensonantes dedicadas a inclinar la voluntad de los ciudadanos en las urnas tienen un recorrido breve, limitado al fogonazo de una bengala. Las promesas propias y las andanadas al adversario se descuentan en este tiempo sin grandes sobresaltos, cuentas ni balances.
Ahora bien, no ponga usted una falta de ortografía en una carta, no se columpie en un mitin, no patine en una entrevista, no se deslice por algún terreno escabroso, no se trabuque en un mercado, no se cuele en un cálculo, no se equivoque en el precio del café y la barra de pan, no esquive la pregunta sobre sus ingresos, no sulfure al periodista con rodeos constantes, no haga confidencias con el altavoz puesto, no se meta en charcos de ranas, no combine mal la corbata con el traje, no se sincere y emocione en público sin venir a cuento, no ensaye poses, peinados y vestuarios a golpe de asesores de estilismo, no olvide ponerse el cinturón de seguridad en el coche, no admita públicamente que fuma, no…
No haga nada de lo que se tenga que arrepentir enseguida. No olvide que la más brillante propuesta se oscurece con el traspiés más intrascendente o inoportuno. El terreno de juego es ese, el de un barrizal de anécdotas. La estrategia en este tiempo es única: estar a la que salta, y cuanto más baladí sea el fallo mejor. ¡Qué nivel, Maribel!
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