Política

Europa no es un concepto geográfico, y se demostrará en la ONU

El debate sobre la Constitución europea, la posible ampliación de la UE a
Turquía, la deseable apertura de Rusia a Europa, las relaciones transatlánticas,
el futuro de la ONU y nuestro propio papel en el mundo: todos los temas que hoy
se debaten en el escenario internacional fuerzan a España a definir su propio
rol.


El debate sobre la Constitución europea, la posible ampliación de la UE a
Turquía, la deseable apertura de Rusia a Europa, las relaciones transatlánticas,
el futuro de la ONU y nuestro propio papel en el mundo: todos los temas que hoy
se debaten en el escenario internacional fuerzan a España a definir su propio
rol. Lo que equivale, a finales de 2004, a que España defina qué es Europa, o en
qué Europa cree.

Si Europa fuese un mercado sólo habría que evaluar
cifras para aceptar o rechazar formas institucionales y adhesiones; y nadie
rechazaría un mercado joven como el turco. Si Europa fuese una realidad física
habría que buscar una frontera oriental, cosa harto difícil, y nadie podría
negar la condición de europeos al menos a una parte de los turcos. Pero ¿un cadí
otomano de Estambul es más europeo que un canadiense de Terranova o que un
ovejero de Australia?

Europa es una realidad cultural; en cierto momento
y en cierta medida coincidieron la geografía física y la humana, pero no ahora.
Y la Unión Europea –si desea ser algo más que un mercado- debe pensar más en los
hombres y las mujeres que en los ríos, los mares y las montañas.

Este
asunto ya se ha tratado ampliamente en Eldiarioexterior.com. Y en definitiva no
se puede negar seriamente que ese europeísmo centrado y hasta apasionado es
compatible con una defensa cerrada del interés nacional de España. Porque una
cosa lleva a la otra: no habrá verdadero europeísmo sin satisfacción de las
exigencias de cada viejo país. Como ha dicho en tono humorístico Mariano Rajoy,
“Está muy bien esto del eje franco-alemán, los abrazos y las fotos, pero si todo
esto al final te cuesta seis o siete billones de pesetas en tu presupuesto,
vamos a tener un problema muy serio”.

Y es que es un falso europeísmo el
que consista en ceder sistemáticamente ante los intereses ajenos. Europa somos
todos, no sólo Francia o Alemania, y de hecho en estos días se está viendo un
ejemplo nítido en las Naciones Unidas.

La ONU de 1945 no funciona. Nunca
lo ha hecho, o al menos nunca lo ha hecho con eficiencia y justicia; pero hoy la
situación es escandalosa. El Consejo de Seguridad no puede estar dominado por
una oligarquía de cinco países legitimados sólo por una guerra que tres de ellos
ganaron contra las otras tres grandes potencias del momento, por eso mismo
excluidas hasta el día de hoy. Y en las propuestas de reforma de la Onu se
demuestra el verdadero europeísmo de cada uno.

Francia no es europeísta,
porque no está dispuesta a renunciar a su privilegiada posición – vestigio de un
Imperio que, como el británico, ya no existe-. Como mucho, acepta que Alemania
(hoy amiga), India y Japón (por evidentes razones) adquieran el mismo derecho de
veto. ¿Y dónde queda la Unión Europea? Nadie la recuerda. Al menos el Reino
Unido no pretende engañar a nadie, no se proclama europeísta y se limita a
defender honestamente su posición y su interés.

Honestamente, ¿dónde
queda Europa? Y ¿dónde debe quedar España? Muchos republicanos norteamericanos
ya tienen una respuesta para su propio país: fuera de la ONU, fuera de la
ficción nacida en Ginebra y en San Francisco, fuera de la ficción de un Derecho
Internacional en el que nadie cree porque no es tal. ¿El fin del mundo de
Versalles y de Potsdam? Es posiblemente el futuro, pero de momento hay más
soluciones. Por ejemplo una reforma verdaderamente europeísta de la
ONU.

Italia podría pedir un puesto en ese Consejo, pues tanto su potencia
económica como la diplomática y sus razones históricas lo avalarían. Pero no lo
ha hecho. A cambio, ha propuesto que la Unión Europea tenga un puesto permanente
en el Consejo de Seguridad, y que ante él se represente Europa con una sola voz.
Si Francia o Alemania entendiesen hoy Europa como algo más que un instrumento de
propaganda tendrían que aceptar la idea. Para España es una buena idea,
objetivamente. Va a ser, además, un termómetro de qué Europa quiere cada uno y
de qué europeísmo se cultiva en cada lugar.

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