Política

Europa y la Unión Europea, realidades diferentes

Pascual Tamburri sostiene que Europa es mucho más que los actuales veinticinco socios, tanto en extensión como en profundidad de relaciones.

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Europa no es una realidad estrictamente geográfica, como la lógica de los hechos
impone y el cardenal Ratzinger ha recordado en varias ocasiones a los católicos.
Europa, más que un Continente, es un conjunto de personas con una tradiciones y
un modo de vida, y a historia y un alma, en común.

Pocos pueden disentir
de estos hechos, y nadie lo hará con fundamento. Sin embargo, hay un debate aún
más interesante e intenso: porque la Unión Europea se ha arrogado el derecho a
representar a Europa en exclusiva, y en ningún caso esto es cierto. Europa es
mucho más que los actuales veinticinco socios, tanto en extensión territorial y
humana como, sobre todo, en profundidad de relaciones y de horizontes.


En efecto, ¿quién puede negar que Islandia, Suiza, Noruega o Bulgaria
sean Europa? Sus habitantes son europeos, su pasado es europeo, sus comprensión
de la vida y del porvenir es europea. Y sin embargo, la Unión Europea no les
incluye, y por consiguiente sólo forzando las cosas y descuidando el lenguaje
puede decirse que la Unión Europea sea Europa. Porque no es toda Europa.


España es Europa, sin duda. Pero no lo es desde el 1 de enero de 1986,
cuando las Comunidades Europeas pasaron de tener diez socios a doce. España es
Europa desde siempre y para siempre, porque los españoles son europeos, porque
todo nuestro ser nacional es europeo, porque, incluso, nos hemos hecho difusores
de Europa en otros espacios geográficos.

España no es Europa porque
Francia y Alemania accediesen a admitir nuestra presencia en Bruselas. Y aquí
radica una de las grandes contradicciones de nuestra actual vida pública: España
no debe ningún favor a ningún otro socio de la UE por permitirle el acceso a
ésta; si la UE desea ser Europa, España está por derecho propio y sin pedir
limosna. Si por el contrario la UE no desea ser Europa en el pleno sentido del
término, en intensidad y en extensión, entonces es inútil el debate sobre
nuestra actual sumisión al eje París – Berlín.

Las esencias de Europa no
se encierran en exclusiva en la Unión Europea. Ésta nació como unión comercial
entre algunos Estados, aunque a ella se superpuso el proyecto federalista del
conde Coudenhove-Kalergi. Si ha de haber desigualdades entre los países de la
UE, será porque ésta sigue respondiendo más a los principios mercantiles de su
fundación o a los proyectos ilustrados de Paneuropa. Pero si se admite que es la
verdadera Europa, y no sólo la instrumental UE, la meta de nuestros desvelos,
entonces nadie puede mirar a los españoles por encima del hombro, ni éstos deben
aceptarlo.

Cuál es realmente el camino que España recorre hoy en Europa
sólo puede verse en los hechos. Dividida ante las realidades del mundo, la UE no
siempre ha estado a la altura de las circunstancias. Europa, sin embargo, tiene
más de un parecido con la hermosa ciudad asediada que describió J.R.R. Tolkien,
ciudad de guerreros y de sabios más de mercaderes, la ciudad que “quisiera que
otros la amasen por sus recuerdos, por su antigüedad, por su belleza y por la
sabiduría que hoy posee. Que no la teman, sino como acaso temen los hombres la
dignidad de un hombre viejo y sabio.”

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