Una frase ingeniosa dicha a tiempo es siempre un elemento nutritivo y ameno cuando alguien se dirige a la gente
Antes eran algo esporádico; algunas veces escoltaban el discurso encendido de un telonero o aliñaban la arenga metódica de un mitin político. Se reservaban, en todo caso, para momentos de acaloramiento, para los fervorines de oficio que tanto abundan en las campañas electorales. La gente las descontaba del meollo de la alocución como las capas de una alcachofa.
Después, la práctica se fue tornando asidua e incesante, comenzó a solapar lo más importante, a desdibujar con gansadas y farfolla el mensaje que se debía transmitir. Se confundían los términos entre las ideas serias y los giros bufones.
Ahora, son el ingrediente casi único, omnipresentes en cualquier intervención, el adobo imprescindible para llegar al podio de los titulares de la prensa. Un vicio incrustado y pegadizo.
Una frase ingeniosa dicha a tiempo, una agudeza dialéctica bien traída, un pensamiento esbozado con chispa, una comunicación pública ocurrente, humorística, irónica o mordaz, es siempre un elemento nutritivo y ameno, de agradecer por el auditorio cuando alguien se dirige a la gente. Pero una cosa es ser agudo, socarrón, afilado o punzante, que de todo hay, y otra muy distinta sembrar de lemas inútiles y frívolos todos los debates.
O razonamos ya por nuestra cuenta, sin necesidad de leer El País, lo cual es posible o deberíamos pedir un esfuerzo a los portavoces políticos para que abandonen su afición a los monólogos del club de la comedia y nos digan con la mayor claridad y sencillez posibles qué carajo pretenden. Venga, ¡ánimo!
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