Europa, Política

La Guayana francesa paralizada por una huelga general

La Guayana francesa forma geográficamente parte de América del Sur, pero es asimismo parte de la Unión Europea, de la que conforma uno de sus llamados “territorios de ultramar”.


Tiene algo más de 250.000 habitantes y está, desde el pasado lunes, absolutamente paralizada por una huelga general dispuesta -por tiempo indeterminado- y por una serie de “cortes de rutas” que impiden la circulación interior, todo lo que ha sido acompañado por el cierre de su aeropuerto internacional, desde que las compañías aéreas han suspendido los vuelos internacionales desde y hacia Cayenne, la capital ese territorio. La Guayana francesa está, queda visto, en medio de un verdadero caos monumental, justo cuando la elección presidencial francesa está ya entrando en su fase final. No por casualidad, entonces.

La extendida protesta social apunta contra la creciente incuria del estado francés, es decir contra su actitud de desidia respecto de quienes habitan el territorio de la Guyana francesa, que se sienten abandonados a su propia suerte. Hablamos de un pedazo de nuestro continente que es, desde 1946, un departamento de Francia, con un ingreso anual per cápita del orden de los 8,500 dólares.

¿Qué reclaman quienes adhieren a la huelga declarada unánimemente por los 37 sindicatos que conforman la Unión de Trabajadores de Guyana?

Fundamentalmente, atención por parte de Francia que, creen, los ha dejado solos, en actitud que tildan de despectiva. Primero, seguridad personal, desde que el crimen ha crecido a niveles que son cotidianamente insoportables y que gangrenan constantemente a la sociedad local. Basta constatar que en el aeropuerto internacional de la Guayana francesa no hay “escaners” activos que aseguren un mínimo de vigilancia respecto del tráfico y del transporte aéreo. Segundo, mayor actividad económica. La tasa local de desocupación es oficialmente del 22%, pero entre los jóvenes alcanza un nivel del 46%. De allí la tremenda desazón generalizada entre esa franja social con la situación económico-social actual. Tercero, el control de la creciente ola de inmigración clandestina. Principalmente de la haitiana, que utiliza a Guayana como trampolín para, luego, tratar de ingresar desde allí a los EEUU. Cuarto, aunque algo más discretamente, se reclama también la independencia de Francia; o sea dejar de ser apenas un desgraciado remanente de un pasado colonial que el mundo ha dejado sustancialmente atrás, aunque el Atlántico Sur sea todavía testigo de otra lamentable rémora colonialista europea.

A todo lo que cabe agregar una creciente preocupación por el notable aumento del narcotráfico en la Guayana francesa. Como consecuencia previsible de esto último, la mafia de las drogas, sumada ahora a la del oro, se ha apoderado de las calles de Cayenne y además controla -de hecho- buena parte de la jungla, esto es del interior de la Guayana francesa. 
           
Una insólita fuerza, autodenominada: “Los 500 hermanos”, sin armas, pero con los rostros enmascarados y absolutamente vestida de negro pretende mantener un mínimo de orden. Desde la intimidación y el miedo. Ella había ya interrumpido la reciente visita del 7 de marzo pasado de la socialista Ségolene Royal a la ciudad capital, sin que nadie luego se preocupara demasiado por el tema. Hoy el grupo luce, peligrosamente, como si fuera la única fuerza visible, medianamente organizada, del pequeño territorio.
           
Para confirmar que la Guayana francesa no es prioridad para su metrópoli, el candidato presidencial que hoy lidera las encuestas de intención de voto, Emmanuel Macron, acaba de referirse a la Guayana francesa como a “una isla”, confirmando el increíble grado de desconocimiento de la clase política francesa respecto de una región remota, a la que pomposamente denomina como uno de sus “territorios de ultramar”.

Lo que ocurre en la Guayana francesa es todo un alerta que Francia no debe ignorar, si de tratar de volver las cosas a la normalidad se trata. De lo contrario, por la intensidad y extensión del actual movimiento colectivo de protesta, nuevos y futuros episodios del mismo tipo no pueden descartarse, lo que generaría una suerte de estado de insostenible “conmoción permanente” en una sociedad que parece sólo pretender ser debidamente atendida por una potencia que, respecto de ella, todavía actúa a la antipática manera de metrópoli.
 
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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