Santi Lucas
En Italia, se acaba de emplazar a los ciudadanos para acudir a las urnas los próximos días 9 y 10 de abril. Es una gran noticia, como lo es cada convocatoria electoral, libre y democrática, en cualquier parte del mundo. En Italia las elecciones se asocian siempre a la provisionalidad del Ejecutivo y a una serie rocambolesca e interminable de crisis políticas. Italia es la cuna de una quebradiza gobernabilidad que se viene registrando con precisión desde el final de la II Guerra Mundial. En los últimos sesenta años se han sucedido en este país otros tantos gobiernos, con duraciones medias de muy pocos meses. Es un infrecuente y a la vez rutinario escenario político de mandatos abreviados, oscilaciones y dificultades de equilibrio, que es objeto de atención singular para estudiosos y analistas de la ciencia política, empeñados en explicar cómo se conjuga el progreso y las vicisitudes políticas constantes en una nación moderna. El caso es excepcional, pero la tendencia a la originalidad se ha roto en la última etapa y Silvio Berlusconi puede anotarse el éxito de haber logrado agotar los cinco años de la legislatura por vez primera desde 1945.
La estabilidad es una ayuda incuestionable para el desarrollo. En España, de las siete legislaturas de la democracia, sólo en dos se disolvieron las Cámaras en el plazo máximo previsto por nuestra Constitución. Las dos presididas por Aznar. En sus debates de investidura, tanto en mayo de 1996 como en abril de 2000 y con escenarios parlamentarios de mayorías bien diferentes, José María Aznar insistió una y otra vez en la trascendencia de lograr y mantener la estabilidad, comprometiendo el agotamiento de los mandatos, como un signo muy positivo y favorable a los intereses generales del país. Una inteligente y sólida estrategia de pactos y acuerdos y el cumplimiento de la palabra dada permitió ofrecer a los españoles el mayor periodo de prosperidad y seguridad en el futuro que hemos conocido en la historia reciente.
La estabilidad ahuyenta los sobresaltos y favorece las certidumbres, tan necesarias para avanzar. El cumplimiento íntegro de las legislaturas proporciona confianza y disipa las dudas. Felipe González llegó a decir en el Congreso de los Diputados que “la estabilidad es un valor en sí mismo”, pero él prefirió jugar electoralmente con los plazos. La inestabilidad política o económica es un trance indeseable que las democracias tienen que rechazar de plano.









