Las encuestas de opinión están premiando el llamamiento de Sarkozy a “todos” los franceses y confirman que esa actitud, esa vocación, ese estilo, son mucho más adecuados en una convocatoria electoral que la miopía de la izquierda, sus estrechos contornos o la indigencia de sus objetivos.
Santi Lucas
Con frecuencia, los candidatos reclaman que se cierren las filas a su alrededor, cuando lo que deberían pedir es exactamente lo contrario: que se abran sus filas de par en par, que se extienda al máximo la base electoral y que se incorpore desde la calle todo lo que falte dentro para ganar. El hermetismo político puede ser cálido, pero también engañoso y cuando se aplica a la aspiración de representar sin preferencias a todo un pueblo es la peor guía y el más infortunado ejemplo a seguir.
En Francia se vive estos días la efervescencia de una campaña presidencial polarizada en Ségoléne Royal y en Nicolás Sarkozy. La candidata de la izquierda representa una opción totalmente identificada y homologada con el socialismo democrático europeo. Una opción teñida de cierto sectarismo en su programa, de no poca demagogia en la forma de exponerlo y de muchas promesas cuya principal consistencia reside en el incremento de los impuestos y de la deuda pública. Ségoléne Royal se dirige a los socialistas franceses, a los que les pide su voto, sobre cualquier otro objetivo sobresaliente, para que no gane la derecha, siguiendo ese esquema simplón y maniqueo que practica la izquierda y que tan bien conocemos en España.
Nicolás Sarkozy, por el contrario, se ha inclinado en su discurso por la apertura de miras, por evitar cualquier fanatismo ideológico, por concitar el consenso ciudadano más amplio. Dice: “porque estoy seguro de mis valores, mis convicciones, mi proyecto, creo en la necesidad de abrirme a los demás, sin ninguna reticencia a afrontar ideas diferentes”. La UMP (Unión por un Movimiento Popular) de centroderecha, escarmienta de las viejas divisiones y de mirar con recelo sus propios ombligos para representar, con Sarkozy al frente, una sólida posibilidad de triunfo con la que llegar a ser “el presidente de todos los franceses, cualquiera que sea su color de piel, su religión o sus orígenes”. Las encuestas de opinión están premiando el llamamiento de Sarkozy a “todos” los franceses y confirman que esa actitud, esa vocación, ese estilo, son mucho más adecuados en una convocatoria electoral que la miopía de la izquierda, sus estrechos contornos o la indigencia de sus objetivos.
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