El triunfo del PP en Asturias será algo más que el cambio de un gobierno agotado y sin fuelle.
La noticia ha corrido como un reguero de pólvora. De un primer murmullo, de una elucubración remota, aunque entusiasta, a un clamor creciente y rotundo. Francisco Álvarez Cascos será el candidato del Partido Popular al gobierno del Principado. Casi nada al aparato. La reconquista del poder por parte del PP empieza en Asturias.
No es extraño que este anuncio provoque sudores fríos a los adversarios, sacuda la atención y el interés de los más tibios y cause una indisimulada dicha a cuantos le reconocen una personalidad política fuera de lo común. Algún aspirante se ha quedado más seco que el biógrafo de Pepiño Blanco al enterarse del cartel.
Sin vender la piel del oso antes de cazarlo, el aliento de esta candidatura para el PP de toda España es indudable. El valor simbólico, el efecto llamada y el tirón de Álvarez Cascos trascienden los límites y los efectos políticos sobre la comunidad autónoma asturiana. Lo puede deducir cualquiera. El triunfo del PP en Asturias será algo más que el cambio de un gobierno agotado y sin fuelle. La lectura del resultado tendrá otras claves y consecuencias.
Conociendo al personaje, es seguro que no va a quedar concejo ni parroquia sin recorrer, ni paisano sin estrechar las manos. Programa electoral riguroso y exigente, compromiso profundo y dedicación extenuante. Desde Asturias, ha forjado Cascos una trayectoria política densa, intensa, apasionada y eficaz. Conoce al dedillo su tierra, tiene valiosos colaboradores que le ayudarán en la carrera y goza de una influencia decisiva cuando se trata de elegir bien.
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