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Las protestas de las mujeres que tomaron las calles de Sudán del Norte culminaron con la caída de la dictadura local

Al-Bashir está requerido por la Corte Penal Internacional para que responda por los aberrantes crímenes de lesa humanidad y otras atrocidades que sus milicias cometieran en la zona de Darfur.


El gobierno de Sudán del Norte era además una de las peores dictaduras del mundo. En términos de represión y falta de libertad. Es, además, una teocracia islámica, ropaje que sirvió para tratar de disimular, sin éxito, la verdad: esto es que es un país donde todo, absolutamente todo, dependía solamente de la voluntad de su líder: Omar al-Bashir, que estaba encaramado en lo más alto del poder local desde hacía largo rato ya, atento a que se había instalado allí en 1989. Hace tres décadas, entonces. Gobernaba en una estrecha alianza con los líderes del fundamentalismo islámico local y con quienes integran la poderosa elite militar del país.
 
Desde diciembre pasado, el régimen de al-Bashir enfrentaba, sin embargo,lo que ha sido una larga serie de muy importantes protestas callejeras, en las que la presencia en la vanguardia de las mismas de la mujer ha sido creciente.

Pese a que las detenidas son maltratadas y hasta torturadas cuando, de pronto, ellas caen en manos de las fuerzas de seguridad. Cincuenta y siete personas fueron asesinadas, de un modo u otro, con motivo de esas manifestaciones. La presencia de las mujeres fue en constante aumento en esas demostraciones de protesta y, en los últimos tiempos,han habido casos en los que ellas conformaron nada menos que el 80% del total de la gente que protestaba.

 

Al-Bashir está requerido por la Corte Penal Internacional para que responda por los aberrantes crímenes de lesa humanidad y otras atrocidades que sus milicias cometieran en la zona de Darfur.
 
A las mujeres se las persigue con un paquete de leyes odiosas, al que eufemísticamente ha denominado “Código de Moralidad”. Que incluye violarlas cuando están en prisión y castigarlas en público con terribles latigazos, con frecuencia propinados por sus descuidos o errores en materia de vestimenta, donde las normas que las obligan a cubrirse casi íntegramente son interpretadas de modo estricto, particularmente respecto de la porción más pobre de la población. A modo de humillación pública, se les corta también el pelo.
 
Como suele suceder con los dictadores africanos, Omar al-Bashir fue depuesto por los militares de su país, tan pronto como las protestas del pueblo se hicieron constantes. Los jefes militares anunciaron que gobernarán por un período transitorio, de dos años, luego del cual las autoridades elegirían en elecciones transparentes. Le dieron entonces la espalda al presidente depuesto, pese a que era, él también, militar. Cuando se instaló en el poder, derrocando a un gobierno democrático, tenía el grado de brigadier. Fue el responsable de haber perdido el sur de su país, enormemente rico en materia de hidrocarburos, que finalmente, a través de una secesión, se transformó en el Sudán del Sur. El presidente depuesto está siendo procurado por la Corte Penal Internacional que pretende juzgarlo por los crímenes de lesa humanidad que parecen haber sido cometidos, durante su presidencia, en la zona de Darfur. El pueblo de Sudán continúa rechazando a la casta militar con protestas constantes que de pronto podrían obligar a acortar el período de transición por ella definido.
 
La presión internacional para que todo esto se corrija sin demora no debe cesar. Mientras tanto, Sudán del Norte seguirá siendo un país de vergüenza, en el que la mujer es maltratada sistemáticamente. Un ejemplo claro de abusos y excesos que, por todo lo aberrante que ellos significan, deben denunciarse y no pueden, nunca, silenciarse. Sobre la caída de la dictadura militar que encabezaba Omar al-Bashir flota, de alguna manera, el perfume de las mujeres responsables del empujón callejero que terminó en su desgracia.
 
 
 
(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
 

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