Hay una predisposición natural en estos actos a que el gobierno saque pecho y la oposición le sacuda la badana.
¡Tachán, tachán! La madre de todos los debates políticos se ha celebrado en el Congreso de los Diputados. El quinto de ZP en el machito y con el peor ambiente social y económico en la calle del último lustro. El estado de la nación española lo conocen al detalle los ciudadanos, porque lo sufren directamente. No hace falta explicárselo, ni atiborrarles de estadísticas y buenas palabras. El debate parlamentario de estos días suele servir realmente para comprobar si el gobierno y la oposición también son conscientes de lo que pasa a su alrededor, si se enteran de lo que vale un peine.
Hay una predisposición natural en estos actos a que el gobierno saque pecho y la oposición le sacuda la badana. Lo exige el guión. Esta vez, sin embargo, había un interés superior al de asistir a una mera escenificación política frustrante, por sabida y anticipada.
Comprobar el bla, bla, bla de Zapatero y las aceradas críticas de Rajoy debía también albergar alguna esperanza de cambio. Si todo a lo que podemos aspirar es al narcótico hedonismo oficial o al “de qué se trata que me opongo”, sería terrible. Por eso, el discurso de Rajoy ha tenido esta vez una trascendencia añadida, un valor distinto y un aliciente asociado a un futuro mejor que al que nos condena Zapatero.
Creo sinceramente que Rajoy ha cumplido con esa expectativa y ha sabido desgranar el camino que debemos recorrer para salir de la crisis económica. Pregunta Zapatero ¿qué es lo que le conviene a España en este momento? Bien sencillo, lo que más le conviene a España es perderlo de vista a él. Cuanto antes.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR