una multitud aspira a restaurar la certidumbre sobre el futuro, el valor de la libertad y la sensatez de sus gobernantes.
Varios medios de comunicación han examinado los desafíos del líder de la oposición, Mariano Rajoy, para el año que comienza. Con ese propósito intuitivo, fehaciente o adivinatorio se han desgranado envites de autoridad, conflictos territoriales, problemas internos y otras tareas de una prioridad más que discutible. El más importante de todos los retos es ganar a Zapatero. Así de súbito y así de claro lo digo. Todo lo demás deberá atenderse por su orden y con tino, sobre todo, para no entorpecer el recorrido hasta la meta principal.
Rajoy tiene que consolidar la alternativa política y económica al Gobierno, aglutinar al mayor número de españoles, convencerles y protagonizar el cambio político con un partido unido que respalde ese impulso. Casi nada al aparato.
Ganar a Zapatero no es el deseo por elevación en una inocente carta a los Reyes Magos; no es tampoco la obviedad anhelada siempre por el adversario del poder. Es una oportunidad que viene avalada por la esperanza de muchísima gente. Es la necesidad que reclama una multitud de personas, que no sólo quieren vivir mejor que ahora, recuperar la confianza en su esfuerzo y volver a la senda de la prosperidad dilapidada, sino que aspira también a restaurar la certidumbre sobre el futuro, el valor de la libertad y la sensatez de sus gobernantes.
Todo lo que sea inútil hay que desecharlo; todas las trampas hay que sortearlas; todos los debates estériles hay que rehuirlos; todas las dudas hay que despejarlas. El reto es más trascendente que quitar a Zapatero para poner a Rajoy, es una asunto de hondo calado, nada más y nada menos que el de estar a la altura de un país más rico, más potente, más preparado, más emprendedor, más libre, más inteligente y más serio. No hay que improvisar nada porque ya lo ha sido, y Rajoy estaba bien cerca de ello.
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