Lo del peculiar ex Presidente de Honduras -el izquierdista y oportunista “Mel” Zelaya- es absolutamente patético. Se siente abandonado, aislado, alejado y perseguido. No es poco.
Derrotado y humillado, aún no puede retornar a su país. No puede entonces hacer lo que quiere, como estaba acostumbrado. Porque pesan sobre él cargos penales y órdenes de detención que aún no se han disipado.
Según su esposa, la ambiciosa Xiomara Castro, en Honduras siguen imperando condiciones sociales que son “las mismas que se dieron tras el golpe de estado”. Parece un comentario algo exagerado, particularmente después de una elección presidencial impecable, que consagrara –con toda amplitud- a un nuevo Presidente de su país. Me refiero a Porfirio Lobo, quien asumiera el 27 de enero pasado.
Como derrocado ex presidente, sostiene Zelaya -en una carta a un correligionario mencionada por “La Prensa” de Managua- virtualmente “desterrado”. Esto es, viviendo -más o menos cómodamente- con los suyos, pero en el exilio.
En la República Dominicana, concretamente donde, según él, reside con “pocos medios económicos”, que le son aportados, sostiene, por la “solidaridad internacional” (en su caso: “bolivariana”, se sobreentiende). No tiene ya candilejas, ni cámaras de televisión que lo sigan. Ni periodistas que se agolpen a su lado.
Peor, cree estar cayendo inexorablemente en el largo túnel del olvido, el más negro y temido de los futuros para un político. Dramatizando, Zelaya asegura que “su vida corre riesgo”. Pocos le creen. Porque es casi intrascendente.
Zelaya considera que sus seguidores, esto es su propia tropa, o sea el “Frente Nacional de Resistencia Popular” lo está “dejando de lado” en el diseño de una estrategia política para el momento, fortaleciendo a quienes lo derrocaron en junio del año pasado. Y, como buen autoritario, no lo tolera.
¿Por qué estas quejas repentinas? Porque sus partidarios no exigen ya su retorno. Para nada. Sólo recogen firmas para tratar de forzar la realización de un plebiscito, proponiendo el llamado a una Asamblea Constituyente. Con pocas probabilidades de éxito, desde que se requieren 1.250.000 firmas, lamenta un Zelaya que se auto-define, sin modestia, como un hombre “que dio todo y perdió todo por su pueblo”.
Pero nadie parece sentir compasión por él. Ni recordar que Zelaya cayó precisamente por maniobrar socapadamente en esa misma dirección ante una Constitución local que es inusualmente rígida en lo que hace a sus posibilidades de reforma.
Por todo esto, Zelaya sostiene que “sin mala intención sus compañeros lo apartan y lo dejan de lado, en el ostracismo”. Lo cierto es que ya ni Hugo Chávez lo tiene demasiado en cuenta. Así de duras son las derrotas, cuando un ex político cae en desgracia, después de haber tenido a todo un país en vilo.
A estar a sus declaraciones, Zelaya está bastante más incómodo que cuando se encerrara, equivocadamente, en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa por espacio de cuatro largos meses.
Sus seguidores parecen ignorar que su ruina llegó cuando, precisamente,
Zelaya intentara pasarle por encima a la ley para hacer una consulta popular para reformar la Constitución, con el objetivo subalterno de permitirle eternizarse en el timón del poder. Pero su pueblo, valiente, le dijo que no, sin ceder a las presiones que cayeron sobre él.
Me lo imagino -con su pelo teñido de retinto y con su sombrero y su aspecto, casi ridículo, de “cowboy” barato, de segunda- fumando pausadamente algunos habanos cubanos llegados solícitamente desde Cuba o Venezuela, caminando de un lado a otro, cual fiera encerrada.
Así se escribe la historia, cuando a algún político le toca perder. Ese es Zelaya, hoy. Pero cuidado. En política, como en el Evangelio, existe la resurrección.
) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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