. Desde mediados de los años 20, tras el colapso del Imperio Otomano y el último Califato y la llegada del Salafismo, al que se unió el jomeinismo en los años 70, docenas de intelectuales sufrieron condiciones difíciles y encontraron destinos trágicos al levantarse contra el fundamentalismo y presionar en favor de reformas.
Walid Phares
Una conferencia peculiar radicada en la costa oeste de Florida ha llamado la atención de muchos observadores de la guerra de ideas: la primera Cumbre del Islam Secular. Organizada por el Center for Inquiry Transnational y varios activistas, la reunión incluyó a dos docenas de oradores y alrededor de 200 participantes de distintas nacionalidades y procedencias.
Tuvo lugar en el Hilton St Petersburg poco antes, y en coordinación con, la Cumbre de Inteligencia que tenía lugar en la misma ubicación. Pero al contrario que muchas otras conferencias intelectuales musulmanas en Occidente o incluso en todo el mundo, esta reunión se encaminaba contra el jihadismo y a favor de una expresión secular y liberal dentro del islam.
No es la primera vez que autores y críticos musulmanes del orden religioso y cultural imperante dentro de su propia comunidad hablan públicamente, escriben acerca de, o debaten estos temas. La historia de la disidencia dentro del mundo musulmán, en los tiempos modernos en particular, es rica y diversa. También está llena de drama y violencia, contra los propios disidentes en particular. Desde mediados de los años 20, tras el colapso del Imperio Otomano y el último Califato y la llegada del Salafismo, al que se unió el jomeinismo en los años 70, docenas de intelectuales sufrieron condiciones difíciles y encontraron destinos trágicos al levantarse contra el fundamentalismo y presionar en favor de reformas.
Esa historia está aún por escribirse en profundidad y enseñarse en los principales sistemas educativos. Autores de alto nivel e intelectuales relevantes han hablado contra el autoritarismo y el islamismo desde el subcontinente hindú hasta el desierto subsahariano.
Docenas de periodistas y académicos han hecho llamamientos a un debate global sobre el desarrollo de políticas e ideologías dentro de los países musulmanes. Y con la era post-11 de Septiembre han confluido más preguntas desde sectores occidentales y no occidentales: ¿qué salió mal [en el mundo musulmán], escribe Bernard Lewis? “Por qué nos odian”, titulaba la prensa tras los ataques del 2001. Y desde entonces, muchos entre el público hacen preguntas sin respuesta convincente: ¿pero existen moderados dentro del mundo musulmán? La reunión del St Petersburg no es la primera conferencia en la que se reúnen intelectuales musulmanes (y no musulmanes) e intentan responder a estas difíciles cuestiones.
Allá por 1994, la Coalition for the Defense of Human Rights se reunía en New Jersey para tratar cuestiones similares. Los disidentes se han reunido en muchos países en las últimas décadas. Casos de rebelión teológica y literaria de relevancia han ilustrado el conflicto cultural dentro del islam. En los años 80, Salman Rushdie, de la India, se ganó su fatwa por la publicación de Los versos satánicos. Desde entonces, el autor disidente vive oculto. A comienzos de los años 90, el autor Mustafá Jeha era asesinado en Beirut por publicar La crisis mental del islam (Mihnat al Aql fil Islam).
Por todo el Mediterráneo y en dos continentes, otros “revolucionarios” musulmanes, descritos como apóstatas por sus enemigos jihadistas, han desafiado el paradigma ideológico dominante. Pero hasta hace poco nunca habían decidido actuar colectivamente, y hasta la conferencia de Florida no habían decidido reunirse. De ahí que cuando unos cuantos de entre ellos (con nombres bien conocidos en el terreno de la disidencia) decidían por fin reunirse y dar la cara ante el mundo, con conocimiento de causa o no, han comenzado a cambiar el mundo. Fue, como yo lo veo, un pequeño paso en esta dirección. Los discursos de apertura fueron leídos por dos famosos disidentes musulmanes radicados en Occidente. El primero en hablar fue Ibn Warraq, autor de varios volúmenes sobre el islam secular. Elaborando una larga y sofisticada introducción al “movimiento intelectual”, fijaba la base filosófica de la separación total entre religión y estado en el mundo musulmán. Pero Ibn Warraq decía haber “abandonado” el islam ya, y su llamamiento se encaminaba a “la relación” entre sociedades musulmanas y ley religiosa. Defendió los valores universales y la reforma global de la educación.
En materia política, pidió un cambio de régimen en muchos países, incluyendo Irán, la formación de centros de los derechos humanos, y en un giro interesante y novedoso, pidió que “los mulás sean llevados a juicio por decretar fatwas”. Su conclusión es simple: “nos odian porque ellos nos enseñaron a hacerlo”.
El segundo en dirigirse a la conferencia fue la “desertora” Irshad Manji. Nacida en África y criada en Canadá, la autora de libros de éxito decía a la audiencia que la respuesta a la jihad es la Ijtihad. En pocas palabras, la reinterpretación de los textos religiosos (y el Corán), desafiando a los fundamentalistas. Al contrario que Ibn Warraq, Irshad decía ser musulmana aún, y estar dispuesta a luchar por “su islam”. Argumentaba que en los textos existen muchos versos que pueden ayudar a que una nueva interpretación derrote la lectura estricta de los islamistas.
En conclusión, Manji invitaba a los no musulmanes a tomar parte en el debate junto con los musulmanes reformistas. “Si ellos os dicen que no tenéis nada que decir en temas musulmanes, decidles que ellos no tienen nada que decir en temas no musulmanes”. El primer panel incluyó a Tawfiq Hakim, de Egipto, que destacó que las raíces del terrorismo se encuentran en la ideología que se disfraza de doctrina religiosa. Nibras Kazimi, de Irak, hablaba sobre “la mentalidad de los generales jihadistas”. Otros intelectuales, como Shahriar Kabir, de Bangla Desh; el Dr Shaker al Nabusli, de Jordania o el Dr Afshin Ellian, un iraní residente en Holanda, tratan las relaciones entre tradición y sharia. Al final del primer día, el último panel, con Salamat Neemat, de Jordania, Hasán Mahmoud, de Bangla Desh, y yo, debatimos sobre derecho internacional, política y el movimiento islamista. Al día siguiente, Nonie Darwish, de Palestina, Wafa Sultán, de Siria, Zeino Baran, un académico turco-americano, y Manda Zand Ervin, de Irán, trataron el secularismo, el terrorismo femenino y el islamismo.
Llamativamente, y “antes” de que tengan lugar las conferencias, se desatan los ataques desde Internet contra la reunión por parte de las páginas pro-wahabíes, salafistas y jomeinistas. Al Jazira envió un destacamento para entrevistar a los participantes y emitir también “opiniones contrarias” de líderes de la comunidad local en la zona. En sus programas de la tarde, la cadena recibió a un representante local del grupo de presión CAIR y al Dr Nabulsi “en la línea de fuego” de la conferencia.
En mi presentación, me centré en áreas múltiples de las relaciones internacionales en las que los conceptos jihadistas tienen que ser tratados no solamente por los disidentes, sino también por los denominados países importantes: jihad, infieles, Califato, dar el Harb. Estos términos del comienzo de la historia islámica pueden haber formado parte de las normas de la política mundial y las guerras religiosas de la época, léase hace 1300 años, pero bajo el sistema internacional actual no hay lugar para el jihadismo y sus derivados. De otra manera, esto volverá a abrir el camino a la desintegración del derecho internacional. En esta conferencia, argumenté, el movimiento de reforma global puede no estar de acuerdo aún en todos los aspectos de la crisis, pero constituye una resistencia musulmana a la jihad. Articulé el segundo concepto de modo que los musulmanes puedan trazar la distinción entre identidad religiosa e ideología musulmana concreta, puedan iniciar un debate y liberarse del jihadismo. También argumenté que Occidente ha abandonado durante décadas a los musulmanes anti-jihadistas y condenado el hecho de que los gobiernos occidentales, Estados Unidos incluido, han estado asesorados por apologistas jihadistas en lugar de musulmanes liberales durante décadas.
En suma, la Conferencia del Islam Secular puede no haber sido tan grande como las conferencias de apoyo y financiación wahabí o jomeinista en todo el mundo, pero ciertamente supone un ejemplo de lo que puede ocurrir si Europa, Estados Unidos y la comunidad internacional considerasen en serio apoyar a los intelectuales musulmanes que buscan el pluralismo, los derechos humanos y la democracia: un cambio en la guerra de ideas que podría forzar a la guerra contra el terror a terminar antes y con resultados mucho mejores.
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