El movedizo y hábil Canciller ruso, Sergei Lavrov, acaba de visitar a Nicaragua. Una vez más. Suscribió con sus anfitriones un “convenio de cooperación” que luce como apenas un biombo o marco para abrir las puertas a la Federación Rusa en el patio trasero norteamericano.
La política exterior nicaragüense es bastante clara. El país de América Central que maneja a su arbitrio y del que se ha apoderado el presidente inconstitucional Daniel Ortega, responde a la Federación Rusa y se mueve políticamente, con todo descaro, al compás de lo que en cada caso le sugiera Cuba.
Si hay que apoyar a Irán, o a los Assad, en Siria, lo hace. A Rusia en su aventura para desestabilizar a Ucrania y quedarse con parte de su territorio, también. Sin problemas. Ocurre que Daniel Ortega tiene amistad -y siente abierta simpatía- por cuanto régimen autoritario exista en el mundo. Cuestión de piel, entonces. Clarísimo. Daniel Ortega no es un demócrata. Todo lo contrario.
La patología en el capítulo de la política exterior nicaragüense continúa. No se ha detenido. El movedizo y hábil Canciller ruso, Sergei Lavrov, acaba de visitar a Nicaragua. Una vez más. Suscribió con sus anfitriones un “convenio de cooperación” que luce como apenas un biombo o marco para abrir las puertas a la Federación Rusa en el patio trasero norteamericano. Como en la Guerra Fría. Igualito.
Según el convenio aludido, Rusia y Nicaragua cooperarán “en la exploración del espacio extraterrestre para fines pacíficos”. ¿Habrá una nave espacial ruso-nicaragüense? Obvio que no. Lo que habrá es un espacio celeste abierto sobre Nicaragua para que por allí pase un satélite de observación ruso, que habrá de cooperar en espiar mejor a los Estados Unidos. Desde su propia vecindad. Apenas eso. Pero no es poca cosa.
Como cobertura, Rusia y Nicaragua dicen estar “cooperando” en la lucha contra el tráfico de drogas y contra las mil aventuras del crimen organizado. Desde un pequeño puerto nicaragüense que, sugestivamente, se llama “El Bluff”. Parece mentira, pero es así.
Los rumores sugieren que hay un contingente numeroso de militares rusos estacionado en Nicaragua. Y que hasta podría construirse una base naval desde donde operen, de pronto, buques militares de bandera rusa. El gobierno de Ortega lo desmiente categóricamente. No tiene credibilidad. Y, además, esta aquello tan sabio de que “cuando el río suena, con frecuencia agua trae”. Así parece.
Para Lavrov, Rusia sólo está ayudando generosamente a Nicaragua a poder “sintonizar mejor su reloj” de política exterior. Puede ser, pero eso tiene un precio. No menor. Para poder calcular su hora, Nicaragua ya no mira al meridiano de Greenwich, sino a Moscú. Es distinto. No equivocarse. Ni tampoco sorprenderse, por lo que pueda ser el devenir de la presencia rusa en el Caribe, que tiene olor a aquello de “hoy como ayer”.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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