Abierto el melón, todos quieren saber quién cortará la rodaja más grande.
El revuelo que se ha armado tras la tocata y fuga de Zapatero es tremendo, convulsivo y atronador. No se habla de otra cosa. Abierto el melón, todos quieren saber quién cortará la rodaja más grande. El personal asiste atónito al movimiento socialista que ha hecho más verdad que nunca el viejo aforismo de que “a rey muerto, primarias puestas” o el de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, da lo mismo.
Los portavoces del PSOE se desgañitan llamando a filas a los suyos; clamando para que no se desvíe la atención de lo que importa: las elecciones municipales y autonómicas. Lo dicen y repiten sin cesar ni despeinarse. El debate sucesorio tiene que ser después del 22 de mayo. Pues qué bien. ¿Habrá algún hueco en sus agendas para abordar la crisis económica? ¿Será el paro una cuestión que importe un comino al Gobierno de Zapatero y a los cien mil hijos llamados a sucederle? ¿Es de recibo que nos enredemos en hacer quinielas cuando tantos españoles tienen que hacer filigranas para sobrevivir’ ¿Es responsable que Zapatero haya provocado una desbandada en sus filas en lugar de hacer piña frente a los problemas de los ciudadanos? ¿La paciencia es infinita?
Dicen los más pesimistas que tenemos que abandonar toda esperanza. El caso de Andalucía pone de manifiesto cuál es el orden de atención y las prioridades de los políticos socialistas. Primero, el paro. Un 30%, más de un millón de andaluces sin trabajo. Segundo, el desgobierno. Una crisis institucional tras otra como exponente de la lucha interna, de la disputa por el poder y del concepto abusador de su eterno ejercicio. Tercero, los escándalos. Los casos se acumulan, nacen, crecen, se multiplican y pugnan por dirimirse ante la justicia entre un sinfín de obstáculos. Cuarto, los ciudadanos. Con todas las ocupaciones anteriores, los andaluces son ignorados sistemáticamente, preteridos sin remedio.
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