…y otra muy distinta la política de estadillo, del inventario detallado y monocorde de disparates, errores y extravagancias fuera de nuestras fronteras.
La política exterior española se reclama, se le exige a la oposición que sea tratada como una política de Estado. Las críticas se afean por parte del Gobierno como precipitadas, partidarias, oportunistas, siempre desleales. Ha que seguir necesariamente la letra del guión oficial, por deslabazado y precario que sea, a cambio de no ser tildado de antipatriota.
Da lo mismo que se trate del patinazo con la saharaui Haidar, del estupefacto trato dado a la Guardia Civil en Gibraltar, de la saga-fuga de los piratas somalíes o del choteo permanente con el que nos obsequia el populismo iberoamericano. ¿Hay que aplaudirlo todo sin rechistar? Según el Gobierno socialista, sí. A falta de un peso internacional de mayor crédito y solvencia, lo único que queda es embarcarnos a todos los demás en la misma dieta blanda y tratar de uniformar las reacciones sin fisuras.
Creo, sin embargo, que una cosa es la política de Estado en la acción exterior, imprescindible cuando los intereses generales están bien detectados y defendidos, y otra muy distinta la política del estadillo, del inventario detallado y monocorde de disparates, errores y extravagancias fuera de nuestras fronteras.
El Gobierno aspira a que entonemos el misterioso y desternillante “nalingi botongo” de Moratinos, en el dialecto bantú de turno, cada vez que se ve en un apuro. Pero, no hay Alianza de Civilizaciones, ni presidencia rotatoria de la Unión Europea, ni conjunción planetaria con Obama que justifique por sí mismo el cortejo y la complacencia con algunos pasajes de la peor trayectoria internacional de nuestro país en toda su historia.
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