Si no hay moción de censura que lo arregle pronto, estamos aviados.
Es difícil imaginar un gobierno más despistado que el de Zapatero. No sólo porque diga una cosa y la contraria al mismo tiempo. Tampoco, porque denote una absoluta falta de solvencia para afrontar la crisis económica, ni siquiera porque chapotee en un mar de dudas y de incoherencias. Se trata más bien de que va a dejar la huerta patria como un erial, de que no nos merecemos de ninguna manera el contumaz extravío que padecemos y de que se tardará mucho tiempo en recuperar un rumbo de estabilidad, empleo y bienestar como el que heredó y ha dilapidado el baranda.
Es una pena que no ejerza ya el juez Garzón para abrir una causa general contra el despilfarro oficial y las oportunidades perdidas, contra las malas prácticas y la gestión más ineficaz, contra la palabrería infamante y el engaño continuado. Lástima de tiempo que falta hasta las próximas elecciones generales. Si no hay moción de censura que lo arregle pronto, estamos aviados.
En los corrillos y tertulias todavía hay voces audaces que consideran que no hay otra solución. Que Zapatero hace lo que puede, lo que haría cualquier otro en su lugar, que la situación es indomable y que no hay más remedio que apretarse el cinturón. Es asombrosa y lamentable la capacidad ciudadana para justificar lo injustificable, para asumir sin rebeldía las actuaciones más deplorables, para vender una moto sin ruedas, para trinchar el pavo con un cuchillo de plástico.
Con motivo del brutal decretazo varios medios han refrescado solemnidades de Zapatero que resultaron ser un fiasco, un compendio de naderías y palabras huecas que no tenían otro destino que el de desvanecerse al instante. Este es el quid de la cuestión: nada es verdad y lo único que importa es aguantar. Pues, que lo aguante su padre.
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