Política

Reglas para la guerra, guerra para la paz

La guerra no es algo que haya que justificar sólo moralmente, es un atributo al que los Estados soberanos recurren según sus necesidades e intereses.

FIRMA INVITADA
Las tropas británicas y estadounidenses han cometido delitos contra prisioneros
iraquíes durante la presente guerra. Los detenidos en Guantánamo no ven
reconocidos sus más elementales derechos y sufren hace años un trato vejatorio y
objetivamente inhumano. Israel y los palestinos combaten hace décadas una guerra
de terror y de dolor en la que la única regla es causar el mayor sufrimiento
posible al adversario. Y así sucesivamente. Tanto los hechos conocidos más
recientemente como aquellos a los que indebidamente se ha acostumbrado nuestra
opinión pública no son sólo lamentables: son criminales, y deben ser reprimidos
en consecuencia. Son de hecho crímenes de guerra, que en cualquier tiempo pasado
los propios Ejércitos –al menos si se hubiese tratado de Ejércitos de tradición
europea- habrían evitado con tanta rapidez como vergüenza. Pero hay que
explicarlos, además de evitarlos, porque en la explicación de su génesis está
también una parte de su solución.

Los crímenes más horrendos, y más
contrarios al espíritu militar clásico, no se producen en la lucha entre
Ejércitos regulares de países que se enfrentan en guerras clásicas. Esa guerra,
por terrible y dolorosa que resulte, es una guerra con reglas, reglas escritas y
no escritas que los combatientes conocen y aplican, que hacen de la guerra, en
efecto, una continuación extraordinaria pero civilizada de la diplomacia, una
parte de la vida de los Estados.

El problema se plantea cuando la guerra
no es entre Estados soberanos y Ejércitos regulares, cuando, por el contrario,
uno de los bandos niega del otro la dignidad, la soberanía, la legitimidad;
cuando niega incluso su existencia o su derecho a existir, cuando lo convierte
en el Mal Absoluto. Porque, en buena lógica, no hay reglas para enfrentarse a lo
intrínsecamente malo, no hay límites en la violencia que se puede emplear, no hay
nada que no se pueda hacer.

Guste o no guste, es el intento de legitimar
moralmente de manera absoluta el recurso a la guerra una raíz de los crímenes de
guerra. Si el enemigo no existe, no tiene derecho a existir o es la encarnación
de lo más abyecto ¿tiene derechos? ¿Hay que respetarlos? Si el enemigo es por
definición pésimo y pérfido, ¿qué impide torturarlo, masacrarlo, humillarlo o
abusar de él?

Hay algo que, desgraciadamente, une espiritualmente a
Estados Unidos, a Israel y a quienes vociferan en las calles contra ambos países
y sus aliados: todos creen que en las guerras hay Buenos y Malos, que las
guerras son sólo legítimas si las desencadena el Bien contra el Mal, y que en
ese caso todo es admisible. Obviamente, hay divergencias sobre quién es el bueno
y el malo, pero en definitiva todos aceptan, en el hipotético caso de una
“guerra justa”, que el Bien recurra a cualquier medio contra el Mal y sus
agentes. En la tradición europea, que hoy tal vez sólo España, Italia e
imperfectamente Gran Bretaña representan en Irak, y que Estados Unidos debería
retomar también, las cosas no son así. La guerra no es un acontecimiento que
haya que justificar sólo moralmente, ni un hecho de naturaleza religiosa que
deba terminar con el exterminio del rival; es un atributo de los Estados
soberanos, que recurren a él según sus necesidades y sus intereses. La paz
eterna no existe, como tampoco existe la perfeción terrena de la bondad humana.


Europa llegó a esta conclusión ya en el siglo XVII, y desde entonces la
guerra tuvo reglas, y éstas se respetaron en general. Resulta incoherente,
además de poco práctico, pretender que la guerra sea justa a partir de la maldad
del enemigo y que después deba respetarse a ese mismo enemigo. Es hora de romper
este círculo vicioso, que condena a los soldados de nuestros aliados a ser
cómplices de una crueldad de tipo asirio y a nuestros pacifistas celtíberos a
una incoherencia intelectual absolutamente impresentable.

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