A ninguno de los dos les gustan las críticas y el grado de nerviosismo que están alcanzando empieza a ser incandescente
Se columpian a pares. El otrora compuesto y sibilino ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, se descompone ahora encolerizado y lenguaraz. Ante dos diputados de la oposición hace unos aspavientos insólitos y anuncia que él es el ojo que todo lo ve, el oído que todo lo oye. Ninguna novedad, por otra parte, salvo la de admitir en público sus poderes.
Lo habitual en el comportamiento de Rubalcaba, desde hace muco tiempo, es adoptar ante las adversidades una actitud más serena y calculadora, fría, adusta y cortante. Desbocarse como un histérico no era lo suyo, por más que zurrara dialécticamente a sus adversarios y acreditara una merecida fama de temido. Ha perdido los papeles a propósito del Gran Hermano SITEL, el sistema de escuchas que el Gobierno tiene activado sin un control demasiado claro.
Mientras Rubalcaba se sofoca, la Vicepresidenta 1ª, Mª Teresa Fernández de la Vega, administra las tajadas electorales con las que replica a Soraya Saiz de Santamaría. La tajada debe ser descomunal, si nos atenemos a las veces que se blande la expresión en los debates. Si el PP censura al Gobierno por la pésima forma de combatir la crisis económica es únicamente para sacar tajada electoral. De la Vega dixit. Si el PP fustiga al Gobierno por la bochornosa gestión del secuestro del barco Alakrana es solamente para obtener una tajada electoral. Las tajadas están a la orden del día. No hay asunto espinoso sin tajada, no hay reproche que tenga otro rigen y destino que la tajada de marras.
Conclusión: a ninguno de los dos les gustan las críticas y el grado de nerviosismo que están alcanzando empieza a ser incandescente. Así se queman en cuanto salta una chispa. Mal asunto.
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