La desdichada crisis económica hace un alto en su protagonismo frío, indomable y desalentador.
El que más o el que menos vive estos días, apasionado. La desdichada crisis económica hace un alto en su protagonismo frío, indomable y desalentador para abrir un hueco a otros místicos o mundanos sentimientos.
Apasionados, tal vez, por el ambiente espiritual de la Semana Santa; manifestación religiosa y popular más viva y numerosa que nunca; por la tradición secular de los desnudos y soberbios desfiles procesionales, de la Pasión de Cristo recreada en la majestuosidad de las tallas, el silencio sobrecogedor en las calles angostas, el recuerdo de los difuntos, el fervor de los cofrades o la pasividad descreída de los curiosos.
Apasionados también por los días de fiesta que movilizan frenéticamente a los españoles de una parte a otra del país en pos de reencuentros familiares, rutas peregrinas, precursoras exposiciones a los rayos de sol, mil y un itinerarios culturales o gastronómicos, lecturas aplazadas, visitas pendientes, amores desatendidos o ajetreos viajeros de cualquier índole y destino.
Apasionado vive el Gobierno que, como es ateo y además no tiene ganadas las vacaciones, concentra su propia exaltación en las fotos. En las, hasta ahora, paupérrimas instantáneas, nacionales e internacionales, que capten algún destello de eficacia, de influencia, de prestigio, de confianza, de credibilidad, de recuperación. Pasión oficial por el retrato que apuntale una fe pagana, de cara a la galería, en que las cosas mejoraran por ensalmo. Parece mentira que, siendo tan agnósticos, esperen con tanta devoción publicitaria un milagro.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR