Vivimos una alocada carrera de ofertas bajo el objetivo marco de la austeridad.
Que uno dice trece consejerías, el otro las reduce a nueve; que uno compromete mil kilómetros de asfalto, el adversario anuncia el doble de trecho y con más betún; que uno elimina trámites administrativos, el otro propone suprimir de un plumazo la ventanilla; que uno dice que eliminará los vehículos oficiales, el otro sale con ir en bicicleta a la oficina. Vivimos una alocada carrera de ofertas bajo el objetivo marco de la austeridad, signo de este tiempo de crisis, que corre el riesgo sin embargo de deslizarse por el terraplén del absurdo y el oportunismo.
Bien está que haya sinceros y firmes propósitos de ahorro, de moderación en el gasto público, de ajuste presupuestario, de priorizar las inversiones, de suprimir bagatelas, de eliminar ostentaciones o de liquidar boatos. Bien está que se conozcan anticipadamente las intenciones, los planes y los proyectos de partidos y candidatos. Es más, creo que todo esto habría que hacerlo siempre, aunque viviéramos en el mejor y más desahogado de los mundos o con la clase política más fiable y reputada, que no es el caso.
Competir como pollo sin cabeza en continencia y frugalidad, en moderación y prudencia, en una puja pública que no trata con el suficiente respeto la inteligencia y discernimiento de los ciudadanos es poco adecuado. El que más ahorre, capador. Pues no, mire usted, si el que ahorra es un inútil, tanta restricción puede ser nefasta para salir de la crisis. Si el que ahorra sólo sabe hacer eso y sin criterio, quedándose cómodamente instalado en la estrechez ajena, resultará un mal negocio siempre. Si el ahorro se enuncia sin medir bien las consecuencias, atendiendo sólo al deleite de los oídos electorales, el remedio será peor que la enfermedad.
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