los españoles las cogemos al vuelo porque casi siempre, como cantaba Bob Dylan, la respuesta está en el aire.
Si una virtud tenemos los españoles es la de espabilar cuando vienen mal dadas. Todos nos volvemos entonces unos finos expertos, capaces de dar a quien quiera oírnos las más certeras y contundentes recetas para solucionar cualquier problema o para afrontar las situaciones más comprometidas. Da lo mismo que se trate de fútbol o del cambio climático. La propensión a “arreglar” las contrariedades es espontánea y genética.
No serán soluciones muy doctas o académicas; no habrán madurado del todo en términos prácticos ni se expondrán de la forma más delicada y rigurosa, pero suelen nacer del sentido común, de la intuición personal, de la observación y la aguda tendencia a no permanecer pasivos o indiferentes ante un asunto que nos parece o es importante.
Si hoy, por ejemplo, preguntamos en la calle de cualquier rincón de España qué haría cada uno para combatir la crisis económica, nos encontraríamos muchas propuestas cabales, alguna iniciativa disparatada también, pero seguro que un montón de ideas útiles aunque estén condenadas al más absoluto desinterés por parte de los poderes públicos.
Cuanto más se profundiza en la dificultad, cuanto más se extienden sus peores efectos, cuanto más se dilatan las secuelas, más se estimula y excita el ingenio de la población y se activan los mecanismos de respuesta. Y es que los españoles las cogemos al vuelo porque, casi siempre, como cantaba Bob Dylan, la respuesta está en el aire.
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