El riesgo para la salud democrática del mundo es tomarse a broma la ducha en tres minutos que se propone en Venezuela
Los centros sanitarios de Caracas están a oscuras, los pacientes esperan eternamente una intervención y los médicos emigran a otros destinos donde todavía haya alguna esperanza de cura. Cuando los dictadores, como Hugo Chávez, se ponen a distribuir la riqueza sabemos que lo tienen claro: todo para el pueblo en teoría, pero al pueblo que lo zurzan. En Bolivia, informa nuestro periódico, también se le ha ido la luz al sátrapa que allí gobierna y ha impuesto el velo islámico en un hospital de La Paz. Apaga y vámonos.
A este lado del charco tendemos a creer que estas cosas son sólo anécdotas protagonizadas por iluminados reyezuelos que les han caído en desgracia a nuestros hermanos latinoamericanos por alguna razón desconocida o por un maldito destino histórico. Un día sí y otro también escuchamos barbaridades y excesos que de puro disparate nos resbalan sobre la piel. El riesgo para la salud democrática del mundo es tomarse a broma la ducha en tres minutos que se propone en Venezuela y no tomar conciencia de que ese es un grotesco paso más en la carrera populista que se está disputando.
No pasamos ni una –y hacemos muy bien- cuando se trata de evaluar a nuestros gobiernos, cuando alguien roza nuestros derechos, cuando olemos que algo está podrido o cuando atisbamos, a mucha distancia incluso, que se cierne algún peligro sobre la libertad y sin embargo dejamos escapar, con un insuficiente reproche, las más nefastas derivas totalitarias que a veces en forma de broma y muchas más en forma de veras se están produciendo en nombre de la revolución.
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