Dicen sus detractores que las corridas atentan contra la sensibilidad del público infantil.
En TVE no se pueden ver corridas de toros. Da lo mismo que se trate de una fiesta inserta en la mejor tradición cultural española; es indistinto que su arraigo sea tan antiguo y tan sólido; resulta indiferente que sean millones los aficionados en nuestro país y que crezcan en muchos países de América Latina; importa una higa que tantos y tantos intelectuales y artistas se hayan inspirado en ellas y las hayan ensalzado: Ortega y Gasset o Lorca, Goya o Picasso, Borges o Miguel Ángel Asturias, Bizet o Turina; da igual que las corridas de toros sean una musa esencial del flamenco o del cancionero popular; se desprecia completamente su dimensión económica como el segundo espectáculo por número de asistentes en España. Nada de esto se tiene en cuenta. Dicen sus detractores que las corridas atentan contra la sensibilidad del público infantil y juvenil, al que hay que proteger de esta pretendida barbarie y coinciden con la franja horaria de especial protección.
A la misma hora que no se emiten las corridas de toros sí se puede ver en otras cadenas de televisión (todas ellas con licencia de servicio público) la programación más inconveniente para la salud mental del público infantil y juvenil; las expresiones más groseras, zafias, escandalosas y destructivas; los contenidos más inconvenientes y dañinos, el peor y más obsceno ejemplo social. No se entiende esta incoherencia, tal vez, por eso mismo, porque es una incoherencia, un despropósito y una contradicción completa.
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