Nos recibió la capital del Turia con un día espléndido, primaveralmente levantino, con un suave aire y una temperatura muy agradable
Me levanto a las 5.30 h para coger un tren a Valencia. Una gran ciudad como Madrid sorprende por el trajín humano que se observa desde las primeras horas del día. Nos citamos en la estación de Atocha y a tres metros de distancia no nos encontrábamos. Los de provincias siempre nos aturdimos un poco en las aglomeraciones de los centros de transporte.
El viaje es un poco pesado, el tren parece una imponente nave gallinácea, un bicho con pretensiones de cabina de pasajeros de avión pero a velocidad calmosa. O al menos, eso parecía. Nos recibió la capital del Turia con un día espléndido, primaveralmente levantino, con un suave aire y una temperatura muy agradable. Hicimos puntualmente la gestión en unas dependencias oficiales enclavadas en el laberíntico y abigarrado de historia barrio de El Carmen y recorrimos después el centro monumental de la ciudad, que presume esplendoroso y rebosante de paisanos y visitantes.
Ante la Basílica de la Virgen, una hilera interminable de fieles rinde tributo en el tradicional besamano a la patrona de la ciudad la Virgen de los Desamparados. Leo en un periódico local, sin embargo, que sólo un par de cientos de valencianas han sido bautizadas con el nombre de Amparo en los últimos años. El cogollo artístico y monumental de Valencia es soberbio y dice nuestra amiga Eva que desde algún de sus ángulos se puede confundir con la majestuosa Florencia.
Comer una paella de verdad en la mejor compañía, la de Eva y su hija María, era una cita obligada y feliz en nuestro itinerario relámpago. Un breve paseo por las calles más comerciales que bullen de transeúntes y negocios tentadores. Camino de la estación del Norte nos despedimos de Valencia con la intención de repetir muy pronto y más tiempo. Vuelta a casa, al mismo ritmo pausado del repleto ferrocarril, para llegar a ver la final de la Copa del Rey y sufrir la gran decepción de la derrota del Atlético de Madrid. No se puede querer todo el mismo día.
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