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Una teoría peregrina de las inauguraciones

Con dinero público construye el inmueble, con dinero público celebra su apertura y con dinero público se hace la campaña

Desde el pasado martes la legislación electoral prohíbe a los cargos públicos locales y autonómicos hacer galas por los confines de sus territorios estrenando obras. Algunos se resisten a cumplir la norma. Lo escuché en un telediario. El Presidente de la Junta de Extremadura, Fernández Vara, teorizaba sobre el positivo ejercicio de inaugurar: “de la misma forma que solemos invitar a la familia y a los amigos cuando nos hacemos una casa para enseñársela, a mayor abundamiento cuando esta casa que hoy inauguramos no es ni siquiera nuestra”.
 
El descarriado y peregrino concepto de inaugurar que destilan estas palabras es impropio de un responsable político. Vamos a ver, cuando nos hacemos una casa, al menos esto sucede con el común de los mortales, nos la hacemos con nuestros propios recursos y no con los de todos los ciudadanos; cuando invitamos a la familia y a los amigos a que la vean lo hacemos con nuestra pasta y no pagamos el festejo con el presupuesto de la comunidad de vecinos.
 
El socialista Vara se apunta a las ventajas del hisopo, cinta y canapé; a la pólvora ajena y foto para la posteridad en la prensa. El baranda extremeño nos cede graciosamente el uso del recinto, local o instalaciones para que las disfrutemos (y, claro está, para que nos acordemos de él el día de votar). Le sale bordado el pañito. Con dinero público construye el inmueble, con dinero público celebra su apertura y con dinero público se hace la campaña. Lógico que no quiera que cese el espectáculo.

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