Después de una campaña política verdaderamente sucia en el plano de los discursos, corta y, por sobre todas las cosas, groseramente desnivelada en lo mediático a favor del oficialismo, los venezolanos volverán el domingo venidero a las urnas para elegir así a su presidente.
Maduro no aceptó el desafío de Capriles a debatir públicamente sus propuestas. Porque eligió “flotar”, con lo que supone usufructuar el “viento a favor” que para muchos ánimos sopla desde la muerte de Hugo Chávez.
No obstante, la oposición sigue valerosamente unificada -con un solo candidato, Henrique Capriles y, además, con un solo discurso- lo que la entona y permite a media Venezuela seguir soñando con el fin del autoritarismo.
El “chavismo” se esconde detrás de la imagen de Hugo Chávez y se disfraza de él, consciente seguramente de que Nicolás Maduro, pese a su educación política en Cuba, no es -ni de cerca- lo mismo que el difunto líder. No tiene ni la viveza, ni la demagogia, ni el carisma de su antecesor. Goza, sí, de la misma confianza de Cuba, que lo apoya, a muerte. Entre otras cosas, porque su propio futuro está en juego, atento a que si los gigantescos subsidios que le aportan (en petróleo crudo) los “bolivarianos” se cortan, la economía cubana enfrentaría problemas absolutamente dramáticos, a la manera de lo sucedido a la caída de la Unión Soviética.
Los discursos electorales evidencian lo por todos conocido. Hay probablemente -por lo menos- dos sociedades en una sola Venezuela.
La educada, con su eje en la clase media, que lucha por mantener lo que le queda de sus libertades. La que sabe con certeza que está al borde mismo del abismo y cuyos hombres y mujeres advierten que pueden convertirse en vasallos de Cuba, aceleradamente.
Y la más postergada, mucho menos “sofisticada”, pero que -hasta no hace mucho- viviera rodeada de un lamentable silencio. A la que Hugo Chávez despertó, anestesió, o más bien drogó, políticamente y usó hábilmente en provecho propio. Dándole, por cierto, el reconocimiento que no tenía y la atención que naturalmente merecía. Con ello, la hizo propia.
Esa segunda Venezuela, no obstante, sigue postergada. Pero ocurre que ha sentido algo que buscaba, esto es la sensación clara de que alguien se acuerda de ella y procura resolver sus urgencias y necesidades. Por ignorancia relativa cree, sin embargo, en las “maldiciones” y en los “pajaritos”, o sea en los mensajes y discursos increíbles de la campaña de Maduro, que parece dirigida a los ciudadanos de Guinea Bissau.
Dos universos distintos, queda visto. Son producto inevitable de las desigualdades desatendidas. Esta, y no otra, es -para mí- la gran lección de lo que sucede en Venezuela. No se debe ignorar a los sectores más postergados. En primer lugar por razones morales, naturalmente. Pero también por las necesidades de la política. Porque ellos, enseña Venezuela, son presa fácil de los déspotas demagogos. Por esto, si una democracia no los tiene en cuenta, esos sectores, angustiados por sus necesidades elementales insatisfechas, no creerán nunca en la democracia, ni en sus valores. Ni en sus propuestas, en las que no encontrarán la solidaridad que buscan. Y se refugiarán en la demagogia. Por esto tiene mucha razón Capriles, cuando señala que, de triunfar, trabajará para los pobres, porque, dice, los ricos no lo necesitan.
Las encuestas, sin embargo, siguen sugiriendo que Capriles tiene una suerte de sueño imposible. Pero las calles de Caracas acaban de sugerir que la clase media de Venezuela, que estuvo masivamente con él en las elecciones presidenciales de octubre pasado, sigue aún a su lado. Apostando por él. Y que quizás haya hasta crecido después de la anticipada muerte de un hombre distinto: Hugo Chávez, al que un insulso y petulante Nicolás Maduro -de otra categoría política- no le hace sombra, en ningún andarivel.
Pero quien quiera sea que resulte ganador, el futuro venezolano, lastimado profundamente por el desorden populista de Hugo Chávez, es muy complicado. Una reciente devaluación masiva, no ha corregido nada. La inflación es desesperante, sobre todo para los sectores asalariados y pasivos. La escasez limita las posibilidades alimentarias de los más pobres. La producción petrolera está cayendo sin pausa. La seguridad personal es un profundo e irresuelto drama. La seguridad jurídica simplemente no existe, en un universo en el que el capricho de Chávez era la ley. Las libertades personales están conculcadas. La libertad de expresión ha sido amordazada y está ausente. La sociedad toda está lastimada y enfrentada, en posturas a las que el oficialismo transforma en irreconciliables, porque ese y no otro es su gran negocio.
Queda una esperanza. En mi opinión: Henrique Capriles. Con posibilidades escasas. Con una cuesta bien difícil que remontar. Con una tarea ciclópea. Pero puede ser, aunque las señales, al menos por el momento, no reconozcan que el suyo sea un sueño posible. Pero en todo caso, como sueño, de suceder, haría estallar de incontenible alegría a medio continente. Y transformaría profundamente la política a lo largo y ancho de nuestra América Latina. A pesar de Hugo Chávez, con un legado del que también él es responsable: quien más necesita, más atención debe merecer, sin que esto deba edificarse sobre el odio, ni los resentimientos, ni las persecuciones, sino sobre la solidaridad y la justicia, bien entendidas.
Nos vemos la semana que viene, si Dios quiere. Con el resultado de las urnas venezolanas a la vista. Con más de lo mismo, o con un terremoto político.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.