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Alexander Lukashenko, de pronto un protagonista activo en la grave crisis ucraniana

Para muchos, Lukashenko es, en rigor, el “último dictador estalinista de Europa”.

El actual presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, tiene un claro protagonismo en la cada vez más compleja crisis ucraniana. Particularmente desde que Ucrania fuera invadida ilegalmente por Rusia. Hoy dice estar “ayudando” esforzadamente a buscar, con gran insistencia, una “salida ordenada” para la misma.

Se trata de un personaje extraño. Muy particular. De una suerte de pretendido “hombre orquesta”,que parece haber tenido múltiples y muy distintas facetas en la que ha sido una muy intensa vida pública. A mi modo de ver, un obvio “no confiable”.

Criado -como otros políticos en nuestro propio escenario nacional- por una esforzada madre soltera, dice ser poseedor de una licenciatura en historia, y haber tenido luego un muy breve rol en las tropas de frontera y hasta haber ejercido la dirección específica de una “granja colectiva”. Un “hombre orquesta”, presuntamente.

Fue luego diputado en la legislatura ucraniana y miembro del Soviet Supremo de su país (donde, cabe destacar, fue curiosamente el único que, en su momento, votó en contra de la disolución de la Unión Soviética).

Una vez dedicado a pleno a la lucha política, Lukashenko se distinguió por sus esfuerzos constantes contra el flagelo de la corrupción (muy particularmente, contra la atribuida a sus opositores políticos, técnica usada lamentablemente como un instrumento más de persecución).

Ganó,en su momento, las elecciones presidenciales bielorrusas de 1994 y, desde entonces, ha estado siempre instalado firmemente en la presidencia de su país. Su evidente “continuismo” en lo más alto del poder bielorruso, precisamente, le ha costado toda suerte de acusaciones de cometer regularmente “fraude electoral”, las que nunca fueron despejadas con la necesaria claridad.

Por ello, tras haber sido popular por algunos años, desde las elecciones del año 2020 parece ahora haber perdido la confianza de muchos de sus ciudadanos, que hoy prefieren, en cambio, el liderazgo opositor de Svetlana Tijanovskaya, su gran rival política en la actualidad, mujer muy valiente y destacada, que está exiliada, por temor (ciertamente fundado) a ser detenida y encarcelada por el autoritario gobierno de Lukashenko.

Hablamos de un hombre dictatorial que, en su marcha, no respeta nunca los derechos humanos de quienes lo cuestionan, a los que no vacila un instante en perseguir, arbitraria y duramente. Para muchos, Lukashenko es, en rigor, el “último dictador estalinista de Europa”. Y así luce y actúa, normalmente. Es realmente muy peligroso, entonces. En extremo.

Como Vladimir Putin, Lukashenko es un gran entusiasta del deporte nacional de su país: el hockey sobre hielo y, por ello, suele vestir impecablemente el uniforme nacional de ese deporte y enfrentar, con sus patines puestos, al otro gran entusiasta de ese mismo deporte que, como se ha dicho, es el presidente ruso Vladimir Putin, quien comparte su gusto por integrar la selección de su propio país, en este segundo caso: la rusa. Ambos se han enfrentado deportivamente en el hielo en algunas oportunidades. Sin que la sangre llegara nunca al río.

El conocido flagelo del nepotismo existente en su derredor es bien evidente, como suele ser habitual en los líderes autoritarios. Sus tres hijos están, todos, vinculados ya al mundo de la política. El menor de ellos, Nikolai, aparece hoy nítidamente perfilado como su posible heredero en la presidencia de Bielorrusia.

Lukashenko ha prometido formalmente que integrará soberanamente a su país con la Federación Rusa. Pero no completa ese proyecto, que dilata seguramente por temor a perder el poco peso político relativo que hoy tiene, particularmente respecto de la Federación Rusa. Por desconfianza, entonces.

Fuera de la presidencia de Bielorrusia, Lukashenko no es nadie. No existe. Es nada. Un evidente cero a la izquierda. En la presidencia de un país, que claramente es un vasallo de la Federación Rusa, un alfil desvergonzado. Es, en cambio, una suerte de cómplice necesario e indispensable de los sueños de grandeza de un peligroso Vladimir Putin, que hoy están siendo repudiados por buena parte del mundo. Un protagonista casi vital, en consecuencia.

No es extraño, por ello, que no quiera dar un paso al costado, mientras reclama protagonismo en la que bien puede ser ya la Tercera Guerra Mundial, dependiendo fundamentalmente de lo que Vladimir Putin decida seguir haciendo en el corto plazo.

Mientras todavía pisotea impunemente (por ahora, al menos) el orden jurídico mundial y sus instituciones centrales, que las naciones del mundo estructuraran cuidadosamente, a las que Putin ahora ignora. Hablamos nada menos que del orden internacional que fuera pacientemente edificado desde el año 1945, en adelante.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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