América, Política

Alto nerviosismo social en Brasil

Hasta no hace mucho, Brasil parecía un triunfador imparable. Una verdadera máquina de crecer, destruir pobreza en el camino y distribuir felicidad. Un modelo a imitar. Además, pese a las desigualdades, un ejemplo de paz social y armonía. El país del futuro, para muchos.

Algo cambió. Ya no luce así. Las multitudes que de pronto salieron a protestar atronadoramente y llenaron sus calles y plazas están denunciando, por lo menos, la existencia de una gigantesca disconformidad de muchos brasileños con la realidad en la que viven.
 
La primera sorprendida por todo esto pareció ser la propia presidente, Dilma Rousseff, cuya popularidad en abril del año pasado estaba en un nivel superlativo. Tan es así que entonces el 77% de los consultados aprobaba su administración. Dilma podía exhibir una actitud de aprobación mucho más alta que el 47% obtenido por ella misma al tiempo de asumir el gobierno, en reemplazo del ex presidente “Lula”.
 
Hoy el magro 30% de aprobación que tiene evidencia un cambio de humor brutal, dramático más bien. Una caída feroz de popularidad. Que pocos -muy pocos- en su entorno, anticiparon. Pero que describe una realidad, a la vez dura e inocultable.
 
Tanto, que Dilma no pudo asistir a la final del torneo de fútbol denominado “Copa de las Confederaciones”, que de alguna manera obró como la chispa que -hace un par de semanas- encendió la hoguera de las protestas. Por temor al incontenible rechazo que, en el ambiente social actual del Brasil, esa presencia, según cabe presumir, generaría.
 
Sus propuestas ante la crisis no fueron útiles. Más allá de su buena voluntad. Por eso debió dar una presurosa “marcha atrás” y cambiar de rumbo. Mostrando a la vez  incompetencia y desconexión con la realidad. Y una tremenda falta de reflejos.
 
¿Qué pasó? ¿Por qué el hartazgo repentino de tantos brasileños? ¿Qué pretende la gente? Difícil saberlo. Pero hay algunas cosas que lucen bastante evidentes. Veámoslas.
 
El PT (el oficialismo) ha desilusionado. Ya no sirven sus disfraces. Ocurre que ya no engañan. Por sobre todas las cosas, por la extendida ola de corrupción que parece infectar todos los rincones de su andar. Por sus mentiras, exageraciones e ineficacia. Por sus esfuerzos opacos por tratar de controlarlo todo. Hasta los medios de comunicación.
 
Pese a que Dilma, con demasiada frecuencia rodeada de aplausos alquilados, sigue presentándose como una de las mandatarias “más queridas” de la región. Otra vez, ya no es así.
 
El cambio es enorme. Brutal. Dilma ni siquiera puede hablar en público, porque la gente no la deja. Cuando se trata ciertamente de público real, auténtico. No de multitudes alquiladas y trasladadas en ómnibus, con personajes que aplauden a cambio de una pequeña remuneración, generalmente en especie. Como obviamente ocurre también en la Argentina. Y en Venezuela.
 
La gente, de pronto, parece haber abierto los ojos y ya no es fácilmente seducida por las técnicas de la política, entendida como un espectáculo más. Ni por la publicidad en todo su esplendor, cuando ella se dedica a fabricar y mantener imágenes que no son reales.
 
Hoy está claro que las fortunas que opacamente los gobiernos gastan en propaganda tienen sus límites. Ofenden al paladar de muchos. Concretamente, no es cierto aquello del “Brasil Cariñoso”. Sí -como dice J. R. Guzzo, desde las columnas de “Veja”- es cierto lo del “Brasil Nervioso”. Lo que es muy diferente, por cierto.
 
En Brasil, la gente protesta por los gastos inútiles y las ambiciones desmedidas y absurdas de los gobernantes. Exige, en cambio, educación moderna. Salud protegida. Con empleos adecuados. Con transporte eficiente. Un futuro mejor, entonces. Concreto, no declamado.
 
Cerca, no lejos. Aquí y ahora. Porque ha asumido la diferencia que existe entre vivir bien y soñar despiertos. Es hora de dejar de lado, cree, las fantasías. Y de elegir vivir como desean. Ya mismo. Sin despilfarrar en otras “prioridades”.
 
Esto se expresa en un ambiente nervioso. Que, de pronto, puede tornarse violento. Las protestan se nutren -por ello- de una mezcla de cansancio y de rabia. Quienes protestan saben lo que significa estar exasperado. Exigen soluciones. Por eso, han salido a las calles en más de treinta ciudades brasileñas. Para ser oídos, no dispersados. Una y otra vez.
 
De pronto se percibe la trampa tendida por políticos pretendidamente progresistas, como “Lula”. En medio de una realidad inocultable, la de los saqueos a los dineros públicos. Por parte de los que viven desfachatadamente de los demás. Muchos políticos.
 
El rechazo social incluye el aumento descarado de la presión tributaria, sin mejorar los servicios. Y, como si ello fuera poco, restringiendo -de paso- el ámbito de libertad de la gente. Como si no hubiera límites en el proceder político.
 
Difícil como realidad. Dura, además. Pero está allí, a la vista de todos. Ocultarla no sirve ni soluciona nada. Es, además, una actitud hipócrita. Y equivocada, por inútil.
 
 
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas. 

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