América, Política

Cristobal, Juana y Guaicaipuro, condenados a no estar juntos

“A partir del descubrimiento de nuestra América, la civilización llegó -paso a paso- a nuestro hemisferio. Por mil canales y de muchas, enriquecedores y diversas maneras. Ella se sumó indudablemente a nuestra identidad y hoy es parte de su esencia, la compone e integra, obviamente.”


La estatua de Cristóbal Colón que estuvo en su momento emplazada en la Plaza Venezuela, en la ciudad de Caracas, fue de pronto “atacada” (con furia realmente digna de mejor causa) por una verdadera turba airada, obviamente no espontánea. Como consecuencia, fue desmontada de su ubicación tradicional. Esto ocurrió el 12 de octubre de 2004.

El hecho, realmente increíble, sucedió a un fogoso -e intolerante- discurso de Hugo Chávez, en el que criticó -con desequilibrada amargura- el fenomenal legado del almirante genovés, que naturalmente no pudo defenderse desde la tumba. 

Hace pocos días, esto es más de una década después, en el mismo lugar que alguna vez ocupara la defenestrada estatua de Colón, se instaló un monumento nuevo: esta vez dedicado a la memoria del indio Guaicaipuro

El viejo “Paseo Colón” de Caracas ahora se llama “Paseo de la Resistencia Indígena” y el 12 de octubre ya no es el Día de la Raza. Es más, ya no hay en toda Caracas estatuas de Colón, desde que otra, que estaba en la alcaldía del Libertador, fue también removida. En este caso, en marzo de 2009. 

Si alguien descubrió América, ese hecho es ahora, para algunos retorcidos, intrascendente. Tan es así, que creen y postulan que no vale siquiera la pena mencionarlo. Lo que es increíble, quizás. Pero lo cierto es que las cosas son efectivamente así. Los odios y los resentimientos de Hugo Chávez sumados a su proverbial intolerancia son claramente los responsables directos de lo sucedido con la estatua de Cristóbal Colón. Desplante que naturalmente, no es para aplaudir en modo alguno. 

Guaicaipuro, aclaremos, fue en su momento el belicoso cacique de los indios “Teques”, el pueblo aborigen venezolano asentado en torno a lo que hoy es Caracas. Ofreció -liderando una amplia confederación de indígenas- una larga y dura resistencia a la ocupación española, en el siglo XVI.  Murió en su ley -en 1568- después de haber liderado, con bravura, varios alzamientos contra los españoles. 

Algo similar -respondiendo a un pedido concreto de Hugo Chávez- sucedió en Buenos Aires, la capital de la República Argentina. 

Una enorme estatua del almirante que descubriera América estaba hasta no hace mucho ubicada muy cerca (enfrente mismo) de la Casa Rosada, en Buenos Aires. Por su cercanía, ella podía naturalmente verse desde muchas de las ventanas del tradicional edificio en el que está ubicada la sede del Poder Ejecutivo argentino. 

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ante el pedido expreso de Chávez, a quién admiraba e imitaba constantemente, decidió motu propio desmontarla y alejarla de su sitial. Hoy los varios pedazos del desarmado monumento, regalo de la comunidad italiana en la Argentina, yacen -desordenadamente amontonados- en la avenida costanera, frente mismo al Aeroparque Jorge Newbery, de la ciudad de Buenos Aires. En algún momento, cabe suponer, el mármol unificado volverá a mostrar la imagen vertical del inmortal almirante. Pero pareciera que para ello no hay demasiado apuro. Lo importante era, grotescamente, “sacarlo del medio”. 

En cambio, en el lugar que ocupaba Colón, hay -ya erigida- una enorme estatua que recuerda a la tenienta coronela y guerrillera doña Juana Azurduy de Padilla, nacida en Chuquisaca, Bolivia, ciudad que alguna vez perteneciera al Virreinato del Río de la Plata, como buena parte del llamado Alto Perú. Y, luego, a las Provincias Unidas del Río de la Plata, hasta 1825. 

Juana combatió valientemente a los ejércitos españoles en las guerras de la independencia. Desde que sus hijos encontraran la muerte, Juana dejó de lado la piedad y combatió con un furor absolutamente superlativo. Como dice el historiador Joaquín Gantier, como si los mismos cadáveres de sus hijos de pronto “le hubieran exigido ser inmisericordiosa”. Para los enemigos, desde entonces, no hubo cuartel. Nunca. Como si las profundas ansias de venganza de Juana, nos dice el historiador mencionado, hubieran sido absolutamente incontenibles.   

Juana, recordemos, tenía en su sangre mestiza una típica mezcla de razas. La española y la indígena. Siempre conservó vivo el cariño a su pueblo y se comportó como si fuera algo así como su madre ante la adversidad. Sentimental, apasionada como pocos, y ciertamente corajuda, Juana nunca olvidó al cholo chuquicaseño, que la siguió -en rigor- hasta la muerte misma cada vez que ella lo convocara a tomar las armas contra la entonces potencia colonial. Lo que sucedió con reiteración. 

Pacho O’Donnell sostiene que, después de pasar varios años junto a Martín Güemes, Juana murió sin parientes ni amigos en su derredor. A los 82 años y “en medio de la más absoluta pobreza y soledad”. Curiosamente, quizás como no podía ser de otra manera, pasó a la eternidad un día 25 de mayo. Como consecuencia de lo cual, casi nadie la acompañó a su postrer camino al descanso eterno, porque todos “estaban ocupados en la conmemoración de la fecha patria”. 

Ante las desairadas historias referidas sobre la memoria de Cristóbal Colón ocurridas en Buenos Aires y Caracas, cabe recordar que la hazaña del almirante genovés no fue, para nada, un hecho menor. Fue el resultado mayúsculo de la valentía y de toda una vida dedicada al duro oficio del mar. Con la obsesión de encontrar una vía más corta para llegar a lo que alguna vez se denominara como “las Indias”. 

A partir del descubrimiento de nuestra América, la civilización llegó -paso a paso- a nuestro hemisferio. Por mil canales y de muchas, enriquecedores y diversas maneras. Ella se sumó indudablemente a nuestra identidad y hoy es parte de su esencia, la compone e integra, obviamente. 

Colón fue un torpe y fracasado gobernante en tierra. Pero como almirante fue un grande. Como Virrey, bastante nada. Porfiado, regresó a América, una y otra vez. Pero seguramente nunca esperó que alguna vez, siglos después de caminar y recorrer nuestras tierras, iba de pronto a ser despojado de los honores que alguna vez se le confirieran. Por sus hazañas, por cierto. Para peor, retroactivamente. 

Detrás de lo sucedido con Colón están, es evidente, el malsano fanatismo y la peor intolerancia. Nadie hubiera seguramente protestado si, además de los dos monumentos que homenajeaban a Colón, se hubieran construido –en las inmediaciones- otros en recuerdo de quienes combatieron para no ser sometidos por los imperios europeos y poder vivir, en cambio, en un aire de libertad. 

¿Por qué no fue así? Hoy está claro. Porque los dos responsables de sus remociones predicaron incansablemente los enfrentamientos entre hermanos y lastimaron sus respectivos plexos sociales. Además descalificaron y demonizaron a todos quienes disentían con ellos o tenían concepciones diferentes, esto es distintas del discurso único que, desde la peor afección a la arbitrariedad, predicaron sin descanso. Como si no hubiera espacio para la libertad por la que, hace muchos años ya, lucharon incansablemente tanto el cacique Guaicaipuro, como la norteña doña Juana Azurduy de Padilla. 

Siempre es oportuno y legítimo corregir errores. Particularmente cuando ellos realmente son gruesos y transmiten intolerancia y fanatismo. Alguna vez, en una sociedad que haya sido capaz de vivir reconciliada consigo misma, no habrá seguramente espacio para la ignorancia, ni para el odio y los resentimientos entre quienes somos hermanos. Ojalá que esto suceda y pronto. Por ahora, no tenemos más “Día de la Raza”, sino: “Día del respeto a la Diversidad Cultural”. Como si no tuviéramos identidad alguna. 

Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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