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De pronto: “tambores de guerra”

El mundo se ha llenado de fragilidad. Repentina, pero no sorpresivamente.

Un Vladimir Putin absolutamente desafiante se ha instalado, arrogante, en el centro mismo del escenario internacional, dispuesto -desde noviembre pasado- a pasarle por encima a toda norma o principio que impida la expansión que de las fronteras de su país, como se le dé la soberana gana.

Ya lo había hecho, es cierto, al anexar, con anterioridad y sin mayores consecuencias adversas, Sebastopol y Crimea a su inmenso país. Esto es lo que sucedió en el 2014, está claro. Y Rusia no pagó entonces el elevado precio que, ante la gravedad de su ya desafiante conducta, correspondía.

Ahora Putin retoma el muy peligroso sendero que ya venía transitando y está, paso a paso, quedándose con Ucrania. Ante el estupor -e inacción-de Occidente, que aparentemente no atina a poner en marcha una respuesta que naturalmente debe ser clara y muy dura. Capaz de poner algún freno a las abiertas ambiciones imperiales de Vladimir Putin y de sus incondicionales seguidores.

Putin, en camino a producir nuevos hechos consumados, jugó hábilmente la carta de la “desinformación”. Dijo mendazmente al mundo entero estar retirando efectivos y, en los hechos, los estaba reforzando. A cara descubierta. Sin parpadear siquiera, cual consumado fullero. Sus tropas no regresaron a sus bases.

Los esfuerzos realizados en el capítulo de la diplomacia no llegaron a nada. Putin desarrolla, impertérrito, lo que ha sido llamado, con razón, una “agresión atada a una crisis por el mismo fabricada”; precisamente para tratar de expandir las fronteras de su país, ilegalmente por cierto.

Putin parece pensar, luego de la increíble forma de la retirada norteamericana de Afganistán, que los EEUU están cansados de las crisis externas que, como potencia de conducta hegemónica, deben conducir y enfrentar. Y hay algo de eso.

Pero no hay, en cambio, voluntad de pretender no seguir siendo una  de las naciones que hoy lideran al mundo. Todo lo contrario, más bien. Por esto la conducta rusa es una peligrosísima provocación.

Lo cierto es que, lamentablemente, Europa está una vez más, de cara a una posible guerra, de costos inimaginables, tanto humanos, como económicos.

Es hora ya de tratar a Rusia como un auténtico y peligroso “paria”. Su desafiante y belicista conducta lo requiere. Sin demoras.

Nuestro país, cuyos presidente y vice-presidente, es cierto, dudan profundamente sobre si pertenecen, o no, a Occidente, no puede equivocarse, como sucediera en la Segunda Guerra Mundial.

Putin puede, de alguna manera, haberse realmente “pasado de vivo”. Y debe pagar el alto precio de su muy peligrosa conducta, que el mundo no puede consentir.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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