Nicolás Maduro -pese a los anuncios previos, que confirmaron su asistencia- finalmente no concurrió a la asunción de la presidencia de Chile por parte de la socialista Michelle Bachelet.
“Arrugó”, dirían algunos, socarronamente. Es así. Pero la interpretación de lo sucedido es quizás algo más compleja. Se resume, más bien, en un: “no pudo”.
¿Por qué? Podría haber realmente un sin número de razones. Pero lo concreto es que no pudo llegar. Esto es, salir de Venezuela. Y que su ausencia denota que está claramente en situación de emergencia. Anormal. Aunque se empeñe en negarlo y disimularlo, aparentando normalidad.
Maduro está prisionero de las constantes protestas pacíficas que, con el coraje que se requiere en las actuales circunstancias, han llenado las calles de Venezuela de gritos, humo y ruido, por espacio de tres semanas. Y que no han cesado un momento, pese a las lamentables muertes acumuladas durante la dura represión policial en conjunto con los brutales matones afines a Maduro, que acompañan y colaboran en la salvaje represión; las torturas, golpizas y encarcelamientos.
En Chile, Maduro pudo haber tenido entredichos con Joe Biden, o con la delegación panameña. Nadie hubiera manifestado sorpresa. Se pudo -en rigor- haber peleado con cualquiera, conociendo su torpe personalidad. Y, más aún, pudo haber recibido el rechazo y las rechiflas sonoras que estaban siendo organizadas en Chile. Así como reclamos de aclarar debidamente algunas muertes, lo que no puede. Porque él es el responsable directo y principal de las muertes provocadas por la represión ordenada desde su propia oficina. Por ejemplo, del asesinato de la ciudadana chilena de 47 años Gisella Rubliar, en Mérida, en medio de las manifestaciones de protesta.
Lo cierto es que un Jefe de Estado arrinconado y asediado, como Nicolás Maduro, no deja su sede vacante. Por responsabilidad y por temor a los empujones de quienes puedan aprovechar las circunstancias para tratar de “serrucharle el piso”. Esto es, de desplazarlo. Ni genera vacíos de poder en medio de graves conflictos sociales que de pronto puedan ser aprovechados por otros, en situaciones fluidas o inestables.
Además Maduro evitó enfrentarse con una multitud de medios y periodistas que cubrían la asunción de Michelle Bachelet. Su asedio pudo haber sido realmente molesto. Para el soberbio Maduro, insoportables. Particularmente después de la entrevista concedida a Christiane Amanpour, de CNN, donde el venezolano salió desairado y quedó como lo que efectivamente es, como un hombre torpe, muy poco inteligente. Está ahora meridianamente claro que Maduro no es capaz de manejarse frente a los buenos periodistas. Por ello, ésta pudo haber sido otra razón para “darse a la fuga” y evitar nuevos papelones.
Para la anfitriona, la ausencia de Maduro resultó un inesperado regalo. Todas las cámaras se concentraron en ella y en su predecesor: Sebastián Piñera, cuya buena imagen entre su pueblo, cabe destacar, creció notablemente al cierre de su mandato, según lo confirman las encuestas de opinión. La presencia avasalladora de Nicolás Maduro, por la dramática emergencia que hoy vive Venezuela le hubiera quitado espacio, presumiblemente.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR