América, Política

El regreso a la República

El próximo jueves 10 de diciembre, la Argentina tendrá un nuevo presidente: Mauricio Macri. Ese acontecimiento, contemplado desde la distancia, puede lucir como un paso normal dentro del esquema democrático de una nación. Uno más, de tantos. Pero lo cierto es, en este caso, es mucho más que eso.


 

La Argentina ha caminado, a lo largo de una década, por la cornisa misma del abismo fatal de la tiranía. Con una democracia groseramente deformada y hasta demolida. Caracterizada por una concentración gigantesca del poder político en manos de la presidente; un Congreso que “delegó” lo sustancial de sus facultades legislativas al Poder Ejecutivo (lo que configura una verdadera traición a la Patria) y con un Poder Judicial con su independencia e imparcialidad profundamente lastimadas por un intento -feroz y constante- de colonización de los magistrados de todos los niveles conducido minuciosamente desde el propio Poder Ejecutivo para transformarlos (mediante toda suerte de torcidos procesos y mecanismos de suplencia) en meros agentes de una omnipotente voluntad: la de la presidente. 

La República, en rigor, herida que fuera, tambaleaba. Había quedado irreconocible. Los caprichos de una mujer estaban -siempre- por encima de la ley. Por arbitrarios y audaces que fueran. Abiertamente. Aquella que, desorbitada, ahora exige tener a su disposición un centenar de custodios para “protegerla” una vez que su mandato haya felizmente concluido. Porque no podrá caminar por la calle con la tranquilidad de la que todos gozamos.   

Desde la mentira se construyó un “relato” -epopéyico y fantasioso- constantemente diseminado a través de un inédito y gigantesco “multimedio” oficial, financiado con los dineros de todos. Repetido a toda hora, hasta el hartazgo. Ese “relato” había reemplazado a la verdad. Hasta las cifras económicas oficiales eran falsas. Siempre. 

En ese ambiente oscuro, la intimidación devino constante. Y el miedo y las amenazas trataron de aniquilar a las opiniones divergentes. Muchos, es cierto, callaron. Otros, sin embargo, no silenciaron sus voces. Ni sus conciencias. Pese a los riesgos que ello implicaba. Pero vivieron en la incertidumbre, casi como dudando de su futuro. Con el referido martilleo permanente del obsesivo “discurso único”, predicado desde el poder en procura de legitimar el autoritarismo. Lo que, para quienes se sienten constitutivamente libres, es simplemente una situación atroz. Malsana. Destructiva. 

La descortesía y hasta la más lamentable ordinariez en la acción y el discurso se apoderaron de las formas de actuar y de los mensajes -siempre encendidos- del gobierno. La política se predicó desde la arenga y los gritos reemplazaron a la palabra serena. Así el diálogo se alejó. Y el aislamiento del resto del mundo llegó, pretendidamente para quedarse. 

La nación se dividió. Se intentó anestesiar a su sociedad mediante la siembra constante del odio y los resentimientos, realizada desde lo más alto del poder. Sin descanso. Una grieta profunda se abrió entre los argentinos. Arteramente. Como la versión moderna y mal disimulada de lo que alguna vez se definiera como la “lucha de clases”. Todo devino: “ellos” y “nosotros”. Ellos eran -por definición- los enemigos. Los equivocados. Los inmorales. A los que se demonizó sin descanso, para sutilmente tratar de deshumanizarlos, en un proceso perverso. Para excluirlos y separarlos, en nombre de una presunta política nacional de “inclusión”, que sólo permitía hablar a los que se sumaban al “discurso único”. 

Fuimos testigos de la persecución más abierta -e implacable- contra la prensa y de los periodistas independientes jamás ocurrida en la historia argentina contemporánea. Mientras el aplauso y los aplaudidores alquilados reemplazaban constantemente a la crítica. En todas partes y a toda hora. No se podía dudar de la infalibilidad providencial de los gobernantes. Un insoportable y permanente “culto a la personalidad” permeó todo. Hasta a los muertos. 

Pero la gente se sobrepuso. Y reaccionó. Probó claramente que ello es posible desde el coraje y la serenidad. Con una voluntad inquebrantable. Como también acaba de ocurrir en Venezuela

Por ello, desde el próximo jueves 10 de diciembre las cosas en la Argentina deberían volver paulatinamente a la normalidad democrática que por tanto tiempo ha estado extraviada, en peligro de muerte real. Este será, al consumarse, un milagro de la democracia. Uno más. El camino será duro, pero no debe perderse la serenidad. La marcha estará, sin embargo, impulsada por una sensación muy fuerte, la de saber que la libertad amenazada se ha preservado. Un sentimiento que animará a trabajar sin descanso para reconstruir lo que se intentó demoler: la vida en libertad y la decencia. 

La gran lección de la reciente experiencia argentina es quizás que la demolición abierta de las instituciones de una democracia, cuando se conduce solapadamente y desde adentro mismo de un país, hoy no genera reacciones de condena regionales, como en cambio ocurre -felizmente- con los “golpes de estado”. Por esa razón la región ahora debería reaccionar, de modo de hacer que esas demoliciones arteras sean virtualmente imposibles. 

Esto debe corregirse, porque la posibilidad de llevar a cabo esa estrategia disimulada es la mayor amenaza que pende sobre la democracia en nuestra región. Como lo prueban varias experiencias actuales que están en curso. En las que los tiranos dicen no serlo, pero lo son. Por eso la labor regional que sugerimos debiera emprenderse, con toda urgencia. 

El sector agropecuario argentino, que fuera perseguido implacablemente por la resentida presidente saliente, Cristina Fernández de Kirchner, sobrevivió y votó masivamente en contra del oficialismo. Fue decisivo. Letal. 

Hablamos de las personas y familias que trabajan en unas 200.000 empresas rurales que generan el 35% del empleo formal argentino, conforman el 18% del PBI del país, y que además contribuyen con el 45% de la recaudación impositiva total del país y con el 56% de las divisas que ingresan al país por exportaciones. Del motor más potente del país. 

Sector al que, sin embargo, se le impusieron insólitos derechos de exportación a sus productos, para así deprimir, por razones claramente demagógicas y vengativas, sus precios domésticos. Gravámenes pesados, de un nivel claramente confiscatorio, destinados a asfixiarlo, que resultaron equivalentes a nada menos que 167 años de ventas de tractores en el país o a 33.000 kilómetros de autopistas inteligentes. 

Vayan estas simples reflexiones -que brotan desde el alma- a modo de tranquila celebración. Están imbuidas de una alegría muy profunda y todavía contenida, porque se escribieron antes de la medianoche del jueves 10 de diciembre de 2015, cuando un ciclo inolvidable, por perverso y arbitrario, habrá de cambiar de rumbo. Si Dios quiere. Para bien de una nación que, desde la moderación, dejará atrás años de callada angustia. Como se ha dicho, un éxito alcanzado desde el coraje que requiere, en las circunstancias de la última década, decidir cambiar, en paz. Y animarse a hacerlo.

Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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