Política

El vídeo de Zawahiri: por qué odian los terroristas

Los mayores enemigos de los jihadistas no son Bush, Blair ni Putin, sino una nueva generación de musulmanes que se opone al fundamentalismo de Teherán, Jartoum y más allá.

Walid Phares
DESDE EL 11 de Septiembre en Nueva York, el 11 de Marzo en Madrid y el 7 de Julio en Londres, se han estado formando preguntas entre un público atónito – ¿por qué nos odia esta gente, quiénes son y qué es lo que quieren?

Como alguien se lleva un cuarto de siglo estudiando el movimiento jihadista en tres continentes, encuentro las preguntas indicativas de un drama mayor – ¿cómo pueden estar planteando preguntas acerca de su identificación las propias sociedades objetivo de una campaña bélica sistemática y global por parte de fuerzas terroristas que llevan al menos dos décadas operando a la luz del día? En lugar de eso, los americanos, los británicos y los españoles deberían preguntar cómo es que los jihadistas fueron capaces de golpear con tanto éxito, durante cuánto tiempo han sido capaces de infiltrarse en las sociedades democráticas, y quién les está ayudando a ello.

La verdadera pregunta es esta: ¿por qué la mayor parte de los ciudadanos británicos, por no mencionar a europeos y occidentales, está perdida con respecto a quién es el enemigo? ¿Cómo es que no son capaces de ver con claridad, y quién está confundiendo su visión, y cómo? Irónicamente, el debate acerca de estos conceptos resuena en Occidente en sus campus universitarios y en sus medios, pero en ninguna parte más. Así es que dentro de Europa y las restantes democracias está teniendo lugar la verdadera guerra de ideas.

Y como he defendido durante años, [la guerra de ideas] trata de que el público sea capaz de, o se le permita por parte de aquellos cualificados, aprender acerca de las causas raíz, la identidad y las estrategias de los grupos que proclaman el jihadismo y actúan violentamente en representación de esta ideología.

¿Qué es lo que quieren? Los terroristas que han estado perpetrando ataques suicida, produciendo videos que llaman a la violencia y reclutando más terroristas de entre un colectivo de jóvenes radicalizados actúan en representación de una ideología antigua, sofisticada y totalitaria, con objetivos estratégicos de largo alcance – el jihadismo, o al Jihadiya.

Estos jihadistas no salieron de la nada, y tampoco son la respuesta automática a políticas estatales, tanto como – según sus propios textos, conversaciones de chat, libros e ideólogos – militantes adoctrinados a los que se ha hecho creer que asesinando y siendo asesinados, están cumpliendo una misión divina superior.

No tiene tanto que ver con las políticas británicas como con los rusos, los hindúes, los americanos, los españoles, los árabes, y todos aquellos que no se doblegan al objetivo final del “retorno del califato y su dominio de la humanidad”. No son argumentos de alguna película de Star Wars, sino discursos impartidos desde Hyde Park hasta el escondite de Osama.

En pocas palabras, los jihadistas creen en una ideología que quiere modelar “el perverso mundo” de Occidente, en particular sus dimensiones más liberales, seculares y democráticas.

Los mayores enemigos de los jihadistas no son Bush, Blair ni Putin, sino una nueva generación de musulmanes que se opone al fundamentalismo de Teherán, Jartoum y más allá. Su guerra en Occidente es en la práctica una herramienta para construir el ascenso de la mujer, las minorías y los jóvenes a la libertad en Oriente Medio y el mundo islámico. Desde Marruecos hasta Afganistán hay pruebas por doquier.

¿Quiénes son? Los jihadistas toman prestado mucho de lo que afirman es o fue su religión, mientras que en la práctica, ellos inventaron la ideología de cabo a rabo. Se escudaron ocupando un inmenso vacío creado por el choque entre los árabes y los musulmanes liberales en manos de las dictaduras de Oriente Medio. Existen dos “árboles” del jihadismo – los salafistas, que quieren un califato renovado a imagen de la caída del Imperio Otomano, y el otro “árbol” que son los seguidores del ayatolá Jomeini de Irán y su extensión, Hezbolá – que quieren establecer un imán-nato, en competición con los salafistas. Al tiempo que son descritos erróneamente por los observadores occidentales como simples fundamentalistas o grupos violentos frustrados, en realidad son radicales, y tienen una gran cantidad de paciencia estratégica a largo plazo. Han sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, a la Guerra Fría, pensaron haber derrotado a los soviéticos y pasaron a dar el golpe de gracia a los restantes “infieles”.

LA principal característica de los jihadistas es su sorprendente capacidad para tumbar las sociedades – democracias principalmente – en las que ponen sus miras. Expertos en camuflaje político y estudiantes tanto de instituciones islámicas como de instituciones occidentales, han llevado a cabo la infiltración a la larga en las sociedades de ambas costas del Mediterráneo, utilizando los medios apropiados. Los militantes fundamentalistas utilizan diestramente las protecciones legales brindadas por las democracias liberales, con el fin de insertarse dentro de comunidades étnicas y utilizar la democracia para escudar su ideología disfrazada de religión. El principal éxito ha sido “des-educar” en masa al público, de ahí que abusen de la tolerancia colectiva mientras convierten sus doctrinas en la denominada “corrección política”. Lo segundo es proporcional a la consciencia del público – contra menos ciudadanos saben de esta “ideología”, más radicales disfrutan de carta blanca.

De ahí que para los británicos y para otros en todo el mundo, sea crucial aprender tan rápidamente como sea posible acerca de la verdadera “fábrica” que produce las bombas. No acerca de los propios invernaderos, sino del conjunto de ideas que los ideólogos han sido capaces de implantar en las mentes de muchos en esta generación y que se disponen a instigar en las próximas. En pocas palabras, los demócratas musulmanes en particular y los británicos informados en general son la respuesta a la jihad del futuro.

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Walid Phares es profesor de Estudios de Oriente Medio y experto en el Islam político. Doctor en Relaciones Internacionales y Estudios Estratégicos por la Universidad de Miami.

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